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martes, 20 de diciembre de 2011

Lamento de un cruzado

***
Aufklärung (Ilustración), grabado de Daniel Chodowiecki.

Hombres, hermanos sois; vivid hermanos.
ALBERTO LISTA


En el grave silencio de la noche,
a solas me interrogo, cavilando,
qué mendaces ideas, qué ilusiones
me insinuaron hacerme caballero.
Ahora que lo soy, desalentado,
ya gusto la verdad inconfesable:
solo soy un vasallo temeroso,
un sirviente de un clérigo romano;
solo soy un mastín de su jauría;
solo soy una pieza de su nave,
de sus variadas armas. Y me duele.
El hombre de la paz, el Dios humilde,
hubiera deseado que su tumba
quedara consumida bajo llamas
o con ciegos temblores de la tierra,
antes de que sus fieles inundaran
Jerusalén de sangre. Pero muchos
desoímos la voz de la cordura
y al fin degeneramos en ladrones,
asesinos, idólatras cegados
ante los esplendores mentirosos
de símbolos, imágenes, rituales,
cuyos significados aletean
en las brumas inciertas del olvido.

Entramos en aldeas y ciudades;
rompemos el sosiego de las casas;
hundimos nuestras manos en la sangre.
Varones y mujeres se desploman,
heridos con sacrílega dureza,
sobre un ara vacía de sentido.
Gritamos, incansables, “Dios lo quiere”,
pero solo nosotros lo queremos.
Criaturas de miserias abismales,
mensajeros del vértigo y el caos,
sembramos, cabalgando, la simiente
de la tribulación en Palestina.
Llevamos a los hombres más inermes
el reino silencioso de las tumbas,
la calma de los grandes cementerios.
Después de los saqueos, inmutables,
con las manos aún ensangrentadas,
nos reunimos en torno de una mesa.
Apuramos los cálices de vino,
riendo como faunos bebedores,
mientras, en la llanura solitaria,
las cornejas acuden a los muertos
y aúlla la ventisca desolada.

Los siglos volarán ligeramente,
siguiendo la carrera de los soles,
sobre nuestras cabezas. Sin embargo,
se verterá sin límite la sangre,
la de los inocentes más oscuros,
en el nombre de un dios o de un fragmento
de suelo demarcado con banderas.
El hombre luchará consigo mismo,
creando los ingenios más terribles.
A veces, en las noches, como ahora,
admiro las innúmeras estrellas
que sobre mí levitan, delicadas.
En soledad, percibo suavemente
cómo todo lo llena, dentro y fuera
de mí, la densa calma de la sombra.
Pero cava la sima de mi angustia
la belleza total de las esferas,
su armonía lejana, pues el mundo
solo guarda lamentos y dolores,
ciego desorden, hosco desarreglo.
Mientras Jerusalén entera duerme,
yo velo, prisionero del insomnio,
concibiendo visiones interiores.
Con sus caballerías y carruajes,
desfilan las edades de la historia
delante de mis ojos conmovidos:
confluyen el pasado y el ahora,
disipando la niebla del mañana.
Pero todos los hombres derribados,
caídos en las manos de la muerte
bajo el frío metal de nuestras armas,
no volverán jamás. Ahora duermen,
hundidos en osarios donde labran
oscuras galerías los helmintos.
Ni siquiera una lápida silente
redimirá sus nombres del olvido,
siendo, para los ojos del futuro,
padrón de la violencia de la historia.
Y ya ninguna queja ni lamento,
ni lágrimas, ni versos elegiacos,
devolverán sus huesos a la vida.

Jerusalén, ahora no desoigas
los quebrados acentos de mi treno;
ahora soy tu nuevo Jeremías.
Los gritos de cercanos moribundos
emergen de tus ágoras y calles.
La sangre se derrama, sin medida,
sobre las piedras albas de tus muros.
Si mis cavilaciones turbadoras
no consuelan a huérfanos o viudas,
ni cambian el destino de los muertos,
Jerusalén, al menos tú recibe
mis ecos en tu azul maravilloso,
mis lágrimas humildes en tu suelo.
Solo nacen abrojos donde luchan
insanos mercenarios de los dioses,
los ídolos de mármol diamantino,
que demandan a frágiles mortales
el ascua milagrosa de sus vidas,
a cambio de un incierto paraíso.
Oscura, desde senos insondables,
la voz del odio sube del profundo;
los amos de la tierra –sacerdotes,
monarcas, legionarios– le dedican
libaciones de sangre, temerosos,
para que no decaigan sus imperios.
Jerusalén, ¿acaso te condenan
los dioses a una guerra interminable?

Ahora que, después de largos años,
descubro la miseria de mi oficio,
hundiré mis espadas en el suelo,
para que no las tomen otras manos
y una fatal herrumbre las consuma.
Antes del alba, montaré un caballo,
dejando mi baluarte, silencioso,
mientras aún reposan los soldados
en los amenos brazos de la noche.
Con débil intuición, iré siguiendo
los caminos que mueren, como ríos,
en mi país natal. Y cuando surja
de océanos de sombra la mañana,
cabalgaré silbando, sin temores,
y me saludarán con su ramaje
los ancianos olivos de los campos,
donde labran sus nidos las palomas.
Solo ya los audaces desertores
demuestran libertad y valentía.
Más allá de la sangre del presente,
en los reinos inciertos del futuro,
a veces imagino que los hombres
demolerán sus ídolos antiguos,
y todos quedarán reconciliados
en un abrazo universal, inmenso.
Ya salgo de la casa donde suenan
los ecos de la muerte; ya desoigo
las voces de los hombres agitados.
Ya me envuelve la música infinita
de la naturaleza, que me llama
con una resonancia misteriosa:
“Habítame con júbilo sereno,
unido con el resto de los hombres”.

4 comentarios:

ana dijo...

Hoy, deseo ese júbilo sereno para tu mirada.

Feliz Navidad,Ramiro.

Luis Javier Capote Pérez dijo...

Hacía tiempo que no tenía ocasión de pasarme por aquí a leer tus últimos trabajos. No pierdas nunca el deseo de seguir escribiendo.

Ramiro Rosón dijo...

Ana:

Sé que no hay júbilo ni serenidad en este poema, pero habría caído en la impostura si hubiera creado un poema jubiloso cuando solo me apetecía escribir un lamento como éste. Celebración y elegía son los dos polos entre los que se mueve el poeta.

Perdona mi tardanza en responderte. Espero que hayas pasado una feliz Navidad y te deseo un año nuevo igualmente dichoso. Un abrazo.

Ramiro Rosón dijo...

D. Luis:

Espero no perder nunca el deseo de escribir; para mí consiste esencialmente en una necesidad de expresarme.

Gracias por seguirme leyendo y alentarme a perseverar en esta labor. Le ruego que también me perdone la tardanza en responderle. Saludos cordiales.