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miércoles, 12 de junio de 2019

El viaje de Gagarin

Monumento a Yuri Gagarin en Heraklion (Creta). Fuente: russkymir.ru

Urania de la cuántica armonía,
señora de los mundos más diversos,
otórgame tu don, la astronomía,
sembrando meteoros en mis versos,
y cantaré la inmensa valentía
del ruso que surcó los universos
ignotos del espacio, como un ave,
circundando la Tierra con su nave.

Al oeste de Rusia, en un poblado,

Gagarin vino al mundo en una pieza
de su cabaña, donde fue criado
sin lujo ni deseos de grandeza.
Acaso miraría, deslumbrado,
la noche con su fúlgida riqueza,
pero no imaginaba su destino,
jugando en las orillas del camino.

Los ejércitos nazis allanaron

su poblado con furia innumerable:
tomando su cabaña, la entregaron
a un oficial, con risa miserable,
y en el jardín sus padres levantaron
una choza de fango lamentable,
hasta que las mudanzas de las guerras
echaron a los nazis de sus tierras.

Gagarin trabajó de proletario,

sudando en una fábrica de acero:
estudiaba las artes de operario
en escuela de oficios, con esmero,
hasta que se enroló de voluntario
en un aeroclub, y aquel obrero,
manejando avionetas en altura,
comenzó la grandísima aventura.

Unos años más tarde fue piloto

del ejército ruso, con aviones,
y, perforando el aire más remoto,
dominaba sus límpidas regiones.
A despecho del bóreas y el noto,
lucía con su traje de galones
en la cabina, indómito y seguro,
raudo como la sombra del futuro.

Los investigadores proponían

sus modelos de naves espaciales,
y con audaces fórmulas rompían
las ataduras gravitacionales,
cuando yanquis y rusos combatían,
en una sorda lucha de rivales,
queriendo que llegasen los primeros
al frío del espacio sus viajeros.

Se formó general convocatoria

para los cosmonautas del futuro.
Los pilotos, en busca de su gloria,
concursaban con ánimo seguro,
golpeando las puertas de la historia,
pero, tras un certamen largo y duro,
fue Gagarin el único elegido,
por lúcido, incansable y aguerrido.

Alzando la soviética bandera,

lo soltaron al cósmico vacío,
como viajero, en la misión primera
del Vostok uno, intenso desafío,
metálica ninfea pasajera,
donde Gagarin, con hermoso brío,
persiguió la belleza ultramundana
que no había mirado vista humana.

Eran las seis de la mañana, cuando

la nave despegó con sus motores
del soberbio cosmódromo, buscando
las estrellas de largos esplendores.
Lanza de fuego, remontó surcando
pálidas nubes, mármol de vapores,
y abandonó la atmósfera del mundo,
en el espacio altísimo y profundo.

Atravesó la taiga siberiana,

república de grandes espesuras,
al este, donde surge la mañana,
decorando con fuego sus alturas,
y divisó la tundra más lejana,
donde los renos pisan las llanuras,
y acaso, deteniendo sus labores,
lo vieran con asombro los pastores.

Entrando en el Pacífico azulado,

miró de norte a sur, en su cabina,
un reino de atolones, dibujado
sobre un agua turquesa y opalina,
bajo un cálido sol, desenhebrado
como fastuosa joya coralina,
donde se rompen las mareas calmas
ante las hojas de grandiosas palmas.

Pero subió los ojos al espacio,

buscando los innúmeros planetas,
armónicos relojes de palacio;
descubrió meteoros y cometas,
que vuelan ya deprisa, ya despacio,
pasando como lluvia de saetas,
y, borracho de vértigo infinito,
sintió los ecos de su mudo grito.

El mundo y los abismos estelares

allí se disputaban su mirada.
Las tierras emergidas, con sus mares,
y el reposo infinito de la nada,
brillando con remotos luminares,
sedujeron su mente deslumbrada
como sirenas, pero no sabía
qué reino su mirada prefería.

Bordeando la Antártida, miraba

las formas de glaciares encrestados:
cuando su estela diáfana cruzaba
los grandes arrecifes congelados,
una hueste de focas levantaba
sus cabezas, con ojos arrobados,
e incluso batallones de pingüinos
la vieron desde gélidos caminos.

Circundando la Tierra, proseguía

la nave con su alado movimiento;
en África, al oeste, descendía
bajo la atmósfera, surcando el viento;
salió de Egipto, luego de Turquía,
y al este culminó su acercamiento,
llegando a Rusia, término del viaje,
donde verificó su aterrizaje.

Cayó de golpe, como gran esfera

de plomo, sobre mansos herbazales,
donde forma la intensa primavera
manojos de amapolas en trigales,
donde silban gorriones, en ligera
conversación de signos musicales,
y un tibio sol derrama sus candores
mientras faenan los agricultores.

Una madre y su hija se acercaron

hasta el hombre del traje reluciente.
“¿Vienes tú del espacio?”, preguntaron.
Gagarin respondió, serenamente,
“Sí, pero soy soviético”, y miraron,
con asombrados ojos, la imponente
nave caída sobre la pradera,
milagro sideral de primavera.

Así acabó Gagarin su aventura,

cubierto de medallas, paseado
sobre un coche triunfal, en desmesura
de vítores, famoso y aclamado.
Los diarios ponderaban su figura
y el ejército ruso, entusiasmado,
le concedió su rango de teniente,
celebrando su espíritu valiente.

Gagarin alcanzó, con su coraje,

lo que muchos creyeron imposible:
volando con su grácil equipaje,
sondeó lo infinito inaccesible.
Desafió peligros con su viaje,
buscó su afán, haciéndolo tangible,
y así quedó su nombre, con su gloria,
escrito en los anales de la historia.

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