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domingo, 16 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia

Napoleón exiliado en Santa Elena. François-Joseph Sandmann.


Después de quince días de viaje, el barco arribó a la isla de Santa Elena. Fondeó en el puerto de Jamestown, la diminuta capital de la isla, donde se abasteció de algunas provisiones. Desde allí se divisaban las escabrosas peñas volcánicas de la isla, cubiertas de escasos hierbajos y matorrales, a cuyos pies se alzaba aquel pueblo portuario, donde las casas se encajaban entre algunos cultivos en el fondo de un angosto valle que descendía hasta la costa. Anacarsis, siempre deseoso de aventuras, convenció a toda la compañía de subir a la meseta donde se halla Longwood House, la vieja casa de campo donde Napoleón Bonaparte pasó sus últimos años de vida. Algunos miembros de la compañía, como Marta y Alí, hubieran preferido quedarse a descansar en Jamestown de las fatigas de la travesía, pero admiraban con reverencia la curiosidad infinita del joven inglés, que investigaba con denuedo sobre cualquier asunto que llamara su atención. Negociando con los transportistas locales, consiguieron que un microbús los llevara desde la villa portuaria hasta el paraje brumoso donde Bonaparte sufrió su destierro.

Después de una lenta subida por las sinuosas carreteras de la isla, el microbús los dejó en las inmediaciones de Longwood House. A diferencia de la zona costera, seca y abrupta, el paisaje se había convertido en una agradable meseta rodeada por suaves colinas, donde las manchas de bosque se alternaban con los prados. La hacienda, una modesta casa rural de estilo inglés, con un edificio principal y varias dependencias, distaba mucho del lujo de los grandes palacios que Napoleón había conocido en los días gloriosos de su imperio. Sin embargo, destilaba el encanto de las viviendas sencillas, con su jardín poco llamativo pero ordenado con gusto, donde los agapantos blancos y lilas crecían entre las araucarias y las palmeras. Anacarsis pensó que no le importaría exiliarse de manera voluntaria, para el resto de su vida, en un paraje como aquel, apartándose del ruido incesante del mundo y la perversidad infinita de los hombres. Sabía que Napoleón había sentido la humillación de la derrota bajo el techo de aquella casa, que en su fuero interno había maldecido mil veces cada peñasco de Santa Elena, pese a la dignidad y la entereza con las que asumía su destierro frente a los soldados ingleses que lo vigilaban. En cambio, a un viajero errante como él, que no había ganado ni perdido ninguna batalla, que sólo buscaba la sabiduría, semejante destierro le parecía en aquel momento la más hermosa de las bendiciones.

Toda la compañía entró en la casa para visitar las habitaciones donde se alojaba Napoleón. Una tras una, fueron pasando por las diversas estancias: el comedor donde almorzaba con sus criados, el salón donde mataba las horas de aburrimiento jugando al billar o el dormitorio donde se encontraba su lecho de muerte. El conjunto se conservaba con la pulcritud y el esmero que los ingleses dedican a sus lugares históricos. En un rincón sumido en la penumbra, Leila observó una arqueta de madera donde se guardaba la máscara mortuoria del general francés. Realizada en yeso, congelaba para la historia las facciones de un hombre consumido por las úlceras y las hemorragias estomacales que lo llevaron a la tumba. Su semblante insinuaba que había espirado el último aliento con un dejo de resignación y de cansancio, buscando la serenidad en el descanso de la muerte. Anacarsis acudió enseguida junto a Leila para saber qué había llamado su atención.

–¿De qué le sirvió hacerse el dueño de casi toda Europa? Sólo tardó unos años en perderlo todo –afirmó Leila–.
–Así pasan las glorias del mundo… –respondió Anacarsis con gravedad filosófica– El poder, esa droga de los ambiciosos, se pierde tan rápido como se gana, como un castillo de arena que se deshace con la marea. El mismo cuyo ejército asustaba a toda Europa, el mismo que había desafiado incluso a la Rusia de los zares, murió enfermo y olvidado entre el frío, la humedad y las ratas.
–Pero… ¡si esta casa parece de lo más agradable! ¿Era diferente cuando Napoleón vivía?
–Desde luego. El mobiliario es el mismo, pero las autoridades locales lo han restaurado y acondicionado todo, para dejarlo presentable de cara a los turistas. Cuando Napoleón vivía en esta casa, las goteras caían sobre los dormitorios y las ratas hacían agujeros en las cortinas y los libros. La humedad se volvía sofocante y malsana, favoreciendo los catarros y las pulmonías. La historia siempre guarda un final miserable para los más poderosos.
–Así nos recuerda que son tan humanos como el resto. Cuanto más alto se llega, más dura resulta la caída –aseveró Leila–.

Mientras el resto se había desperdigado por las habitaciones de la casa, los dos salieron a los jardines y siguieron conversando entre los macizos de flores. Era la una de la tarde y las nubes atravesaban el azul puro de aquel cielo con sus formas ingrávidas y blancas. Un vientecillo frío y húmedo, el mismo que disgustaba a Napoleón, azotaba el césped sin descanso.

–¿Qué opinas de la forma en que los ingleses trataron a Napoleón? –preguntó Leila–,
–No lo trataron demasiado mal, pero tampoco demasiado bien. Podrían haberle reservado un alojamiento menos insalubre. Los ingleses, ay… son un pueblo de piratas y contrabandistas que ha dado algunos hombres y mujeres excepcionales. Publican sus victorias a bombo y platillo, esconden sus derrotas hasta de los manuales de historia… y rinden culto a su monarquía con un papanatismo sonrojante. Admiro su cultura, pero me asquean su colonialismo y su orgullo nacionalista.
–¿No estás orgulloso de tu país? Eres un inglés muy raro.
–¡Qué tontería! ¿Por qué debería sentirme orgulloso de haber nacido por casualidad en un punto de la tierra? ¿Para menospreciar a los que no han tenido la suerte o la desgracia de nacer conmigo en ese punto? He caído en Inglaterra de manera tan azarosa como una bola de lotería que sale de su bombo, así como podría haber caído en Sudáfrica, en China o en Colombia. Por lo tanto, me limito a considerar mi país sin los prejuicios y las manías del nacionalismo, sopesando sus virtudes y sus vicios como lo haría con el resto. No sé dónde acabaré mis días, pero, si dejara de sentirme a gusto en mi tierra natal, no dudaría en coger las maletas y asentarme en cualquier otra que fuera de mi agrado.

Después de que todos los miembros de la compañía hubieran terminado la visita a la casa de Napoleón, el microbús que los había traído los llevó de vuelta a Jamestown, donde les esperaba el barco. Al día siguiente, la nave siguió su rumbo hacia las costas africanas, cargada con más provisiones, y los viajeros retornaron a las costumbres de a bordo. Se hallaban casi en la mitad del Atlántico sur, atravesando las corrientes oceánicas que suben desde la Antártida hacia el golfo de Guinea para luego bajar hacia las costas de Brasil, describiendo la forma de un rizo transparente sobre la masa de las aguas. Desde la intimidad de su camarote, Marta y Alí no dejaban de organizar planes de matrimonio, aunque se les presentaban innumerables dudas en cuanto a los pormenores de la boda.

–Deberíamos pensar en un día para casarnos –dijo Marta–.
–Nos casaremos en Islandia… Pero todavía es demasiado temprano para decidir una fecha. Antes deberemos hacer el papeleo necesario…
–¿Sabes? Me gustaría que nos casáramos antes de llegar a Islandia, en este barco –le confesó Marta a Alí–.
–¿En este viejo mercante roñoso, donde tantos mareos hemos pasado? –le preguntó Alí con extrañeza– ¿No preferirías un sitio más agradable para nuestra boda?
–Siempre soñé con cruzar el Atlántico en barco. Ahora que el sueño se ha hecho realidad, me gustaría aprovechar la ocasión para casarme.
–Pero… ¿quién va a casarnos?
–El capitán. ¿No sabes que los capitanes de barco pueden celebrar matrimonios?
–¿Y crees que se prestará a casarnos?
–Esta tarde voy a hablar con él.

Decidida a casarse en el barco, Marta habló con el capitán y consiguió su ayuda. Una semana más tarde, la boda se celebró en el salón comedor del buque, que fue decorado con guirnaldas de colores. El capitán lució su uniforme de gala. Los marinos mexicanos tocaron una versión de la Marcha nupcial de Mendelssohn con sus guitarras. La misma tripulación que había armado aquella ruidosa fiesta en el día de la gran tempestad, cuando un rayo casi golpea el barco, en ese momento guardaba un respetuoso silencio, mirando con emoción a Marta y Alí. Anacarsis, vestido con su traje de sastre londinense, leyó un discurso para la ocasión, ensalzando el carácter universal del amor, que había ligado a dos personas de orígenes tan diferentes, y deseando a los novios la mayor de las felicidades. Los cocineros del buque prepararon un menú especial que los siete amigos comieron con toda la tripulación: cazuela de atún con verduras guisadas, pollo al horno con salsa de cebollas y tiramisú de postre. Se brindó con vino blanco y tinto de Argentina, que los intendentes del barco habían comprado en Buenos Aires. No hubo platos de largas elaboraciones y raros ingredientes, pero a todos les pareció uno de los mejores almuerzos que habían probado en su vida, pues el caldo que se comía casi todos los días a bordo, desabrido y aguado la mayoría de las veces, sólo cumplía la función de mantener el estómago lleno. Mientras los comensales disfrutaban de aquella mesa bien servida, el barco se dirigía hacia la costa de Angola, donde llevaría a cabo su siguiente escala.

Pasados unos tres días de navegación, las costas africanas comenzaron a divisarse en el horizonte y arribaron al puerto de Luanda, la capital angoleña. El capitán aprovechó la escala para efectuar unas pequeñas reparaciones en la sala de máquinas del barco y abastecerse de frutas tropicales. Había previsto quedarse un par de días en Luanda, el tiempo justo para realizar aquellas tareas pendientes. Desde que se abrió la pasarela de salida del barco, Anacarsis y Larry se bajaron a darse una vuelta por la ciudad. Los marineros les aconsejaban que se cuidaran de ladrones y desaprensivos en las calles, pero los dos viajeros se reían para sí mismos de sus advertencias, pues en sus aventuras habían aprendido a no asustarse de casi nada. El paisaje no les resultó desconocido. Observaron cómo las zonas residenciales de lujo, donde vivían los altos funcionarios del gobierno y los trabajadores de cuello blanco de las multinacionales, se alternaban con barrios miserables donde los menesterosos se hacinaban en casuchas de latón y de uralita. Como en casi todas las capitales africanas, los vehículos se movían en todas direcciones sin orden ni concierto, creando un caos semejante al de un organismo que perdiera el sentido natural de la circulación de la sangre. En un momento dado, Anacarsis y Larry se detuvieron ante un edificio público que se estaba levantando cerca de las dársenas portuarias. Según rezaba un cartel clavado junto a la obra, aquel edificio minimalista, de aspecto megalómano y pretencioso, acogería las nuevas oficinas del ministerio de educación angoleño. Los obreros habían bajado de sus andamios para comer, así que Anacarsis y Larry se acercaron a preguntarles acerca de su trabajo.

–¿Para quiénes trabajáis? –preguntó Anacarsis.
–Para una multinacional de la construcción –respondió enseguida uno de los obreros–. El gobierno de Angola le ha adjudicado muchas obras: edificios, carreteras, canales… Los ejecutivos de la compañía sobornan a los funcionarios del gobierno y así ganan todos los concursos públicos. Es la misma historia de siempre: la corrupción. Algunos se llevan los beneficios mientras los demás nos quedamos con las manos vacías.
–¿Trabajáis en buenas condiciones?
–Ya nos gustaría. La compañía nos paga sueldos de miseria. Sus jefes de obra nos tratan casi como esclavos. Hacemos unas doce horas de trabajo al día, de lunes a sábado, con una pausa de una hora para comer. Cuando el calor se vuelve demasiado fuerte y no podemos seguir cargando más bloques de cemento, los jefes nos cubren de insultos y humillaciones. Entonces no nos queda más remedio que agotar nuestras últimas fuerzas y seguir trabajando hasta el final de la jornada. Hay que tragar y tragar como si comiéramos cemento. Ahora debemos marcharnos. La sirena para volver al trabajo sonará de un momento a otro.

Anacarsis y Larry se despidieron de los albañiles, agradeciéndoles el tiempo dedicado, y les prometieron que sus testimonios se incluirían de forma anónima, en el reportaje que preparaban para The Spectator. Callejearon un poco más, hasta llegar a la parte conocida como Cidade Alta, donde se situaban el palacio de gobierno y el parlamento angoleño, un edificio monumental de estilo neoclásico, del que sobresalía una cúpula rosada semejante a la del Capitolio de Estados Unidos, cuyos aires de grandeza no casaban con la realidad de un país herido por las desigualdades. Las residencias y los comercios de lujo proliferaban en torno a aquellas construcciones oficiales. Los dos amigos entraron en una suntuosa cafetería, decorada con mesas de mármol y sillas forradas de terciopelo. Pidieron un café: les cobraron tres dólares a cada uno por su consumición. Cuando salieron a la calle, en la puerta de la cafetería, la realidad les golpeó de nuevo: un hombre de cincuenta años que había perdido su pierna derecha, vestido pobremente, caminaba con dificultad apoyándose en dos muletas. Su presencia resultaba insólita en aquel barrio de lujo. Tal vez andaba implorando una pensión de incapacidad entre los organismos oficiales o sencillamente había tomado un atajo para llegar a otro punto de la ciudad. Se acercó a pedirles una limosna en portugués.

–La voluntad, por favor –suplicó con una voz derrotada, como si hubiera perdido hasta el deseo de seguir viviendo–.

Anacarsis dejó caer un par de billetes en su mano. Aprovechando sus conocimientos de idiomas, se decidió a preguntarle algunas cuestiones sobre la situación de Angola y sobre su propia vida.

–Caballero… si no le falto al respeto, quisiera preguntarle cómo se ha quedado usted así. Soy periodista y estoy escribiendo un reportaje sobre las zonas más deprimidas y peligrosas del mundo.
–Su pregunta no me ofende en absoluto. En Angola, cuando la gente se cruza con alguien que ha perdido un brazo o una pierna, ya se imagina que se trata de una víctima de las minas antipersona. Se dice que en el país viven unos cien mil amputados a consecuencia de las minas, lo cual supone la cifra más alta del mundo. Como usted sabrá, este país todavía sufre las consecuencias de una guerra civil que duró la friolera de veintinueve años, desde 1975 hasta 2002. Y, aunque el gobierno proclamó oficialmente que la guerra había terminado en esta última fecha, los guerrilleros que formaban uno de los bandos tardaron casi una década en entregar sus armas, de modo que el país no se pacificó de verdad hasta mucho más tarde.
–Pero… ¿cuáles fueron las causas de la guerra? En Europa casi no se habla de estas cosas, así que me gustaría saberlo –preguntó Larry–.
–En Europa no se habla porque no interesa. Las vergüenzas de los amos del mundo se cubren con un espeso manto de silencio. Se trata de una larga historia. Sentémonos en el banco más cercano y se la contaré en detalle.

Se sentaron en un banco que había en la misma calle, a pocos metros de distancia, y el angoleño comenzó su relato.

–La guerra de Angola, querido amigo, fue la secuela más atroz de la guerra fría. Se enfrentaron tres grandes partidos que luego se transformaron en guerrillas: el Frente Nacional para la Liberación de Angola, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola y la Unión Nacional para la Liberación Total de Angola. Abreviando, el FNLA, el MPLA y la UNITA. Cada ejército contaba con una o más potencias extranjeras que lo respaldaban, pero sus alianzas fueron cambiando con los años. A cada cual sus socios de guerra le ofrecían armas, asesores, mercenarios… en fin, todo lo que se necesita para una buena masacre. Comprenderá usted que las guerras civiles estallan sobre todo en los países débiles y sometidos a la influencia de los más poderosos, pues a nadie en su sano juicio se le ocurre tomar las armas contra sus hermanos o sus primos. En estos casos, las fuerzas que luchan sobre el territorio nacional se mueven como títeres al servicio de intereses extranjeros, y así sucedió en Angola.
–¿Y cómo empezó la guerra? ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? –preguntó Anacarsis.
–El asunto venía de atrás. En los años sesenta, el FNLA, el MPLA y la UNITA se enfrentaron al gobierno de Portugal para conseguir la independencia de Angola. Después de la Revolución de los Claveles, el gobierno socialista de Lisboa se comprometió a descolonizar el país y retiró sus soldados. Parecía como si la historia fuera a terminarse en ese punto, pero no había hecho más que empezar. Una vez que el enemigo común se había marchado, los tres bandos comenzaron a pegarse tiros entre sí, cada cual con el apoyo de sus aliados extranjeros. Como se trataba de un ejército comunista, el MPLA se había asociado con la Unión Soviética y Cuba. Por el contrario, Estados Unidos y el Congo respaldaban al FNLA, para luchar contra el comunismo y apoderarse de las minas y los pozos de petróleo de Angola. Por su parte, la UNITA recibía el apoyo de China, pues los chinos querían ganarse un aliado en África para combatir la influencia soviética en el continente. En este jaleo de guerrillas y alianzas, las ganancias de las armerías subieron como la espuma.
–Así funcionan todas las guerras: se trata del negocio de la masacre –sentenció Larry–. Algunos desalmados, haciendo gala de su astucia, convencen a los demás para que se devoren los unos a los otros, como ratas hambrientas en una despensa vacía. Mientras el pueblo muere, los desalmados se frotan las manos desde la retaguardia.
–Tiene usted razón, pero deje que le siga contando –repuso el angoleño–. El gobierno de Lisboa decidió entregar el país al ejército que hubiera tomado Luanda el 11 de noviembre de 1975. El MPLA se apoderó de Luanda en esa fecha y se hizo con el gobierno, pero el FNLA y la UNITA no aceptaron la nueva situación.
–¿Qué sucedió entonces? –preguntó Larry.
–A partir de ese momento, Angola se convirtió en una sucursal del infierno en la tierra. La UNITA rompió su alianza con China y desde entonces se asoció con Sudáfrica y con Estados Unidos en la sombra. En los años ochenta, las tropas del gobierno de Angola, con el apoyo de los soviéticos y los cubanos, derrotaron al FNLA en el norte del país, de forma que este ejército se acabó disolviendo. Ya solo quedaba un enemigo del gobierno, la UNITA, pero no se rendiría fácilmente. Coincidiendo con el gobierno de Ronald Reagan, los yanquis y los sudafricanos le aumentaron sus remesas de armas, de asesores y de mercenarios. De este modo la UNITA sembró el miedo y la devastación en buena parte de Angola. Sus crímenes aterraban a toda la población.
–¿Podrías hablarnos en detalle sobre los crímenes? –preguntó Anacarsis.
–En Angola ya no se habla demasiado sobre el tema, pues la gente sólo quiere olvidarse de un pasado terrible, pero los extranjeros deberían conocerlo. Hay un lugar llamado Cuito Cuanavale, en el sureste del país, donde se libró una de las batallas más duras, en el otoño de 1989, entre las fuerzas del gobierno y los guerrilleros de la UNITA. Gracias a los aviones de guerra soviéticos y a los soldados cubanos, el gobierno del MPLA logró la victoria. En los primeros años noventa se firmó un acuerdo de paz entre los dos bandos, bajo la supervisión de las Naciones Unidas. Se convocaron elecciones y el MPLA las ganó, pero la UNITA no aceptó el resultado y volvió a las armas. Había comenzado la última fase de la guerra.
–¡Madre mía! ¡Vaya novelón de espadachines! –dijo Larry, sorprendido.
–Ya no me queda mucho para el final de la historia –puntualizó el angoleño–. Las Naciones Unidas aprobaron un embargo de armas y de petróleo sobre la UNITA, pero ya se sabe que el mercado negro convierte los embargos en papel mojado. Para financiarse desde aquel momento, la UNITA recurrió a los diamantes de sangre. En los pueblos caídos bajo su dominio, los guerrilleros esclavizaron a miles de campesinos a punta de rifle, para que sacasen de las minas los diamantes en bruto. Luego las piedras se vendían o se cambiaban por armas en el mercado negro. La guerra no acabó hasta que Jonás Savimbi, el cabecilla de la UNITA, fue cosido a balazos por las tropas del gobierno. Mucho tardó en morir aquel viejo canalla. Desde entonces se abrió el proceso de desarme y los angoleños pudimos respirar tranquilos de una vez, aunque sin brazos o sin piernas en muchos casos. Ahora el único mal es la corrupción del gobierno.
–¿Hay algo que podamos hacer por usted? –preguntó Anacarsis.
–Cuenten la historia a todo el mundo, para que no se repita jamás una masacre semejante. No les pido nada más. Ahora debo marcharme y seguir mi camino. Voy a las oficinas de una asociación extranjera que ayuda a los refugiados. No espero ni una migaja de pan de los corruptos del gobierno.
–Le aseguro que contaremos la historia –dijo Larry–. Gracias por todo, buen hombre.

El hombre se levantó del banco y se alejó despacio con sus muletas. A paso lento, cansados, Anacarsis y Larry volvieron al barco para zarpar de nuevo. El enorme abanico de miserias humanas que habían visto a lo largo del viaje los hacía sentirse cada vez más desolados. Anacarsis tenía la sensación de que en Angola no vería nada que no hubiera visto en los demás países que había visitado. La banalidad infinita del mal, que convierte la violencia y el odio en hechos de la vida cotidiana, se repetía de un lado al otro del mundo como una galería de espejos teñidos de negro. El joven inglés no lograba explicarse el egoísmo brutal que abunda en la condición humana, esa capacidad aterradora que permite al hombre ignorar o contribuir al sufrimiento de sus congéneres incluso cuando lo descubre con sus propios ojos. Sentía una absoluta impotencia, una y otra vez, cuando la injusticia le salía al paso en cada escala de su viaje. No había olvidado jamás que vivía en un mundo lleno de imperfecciones, pero los males de la naturaleza, incluso en sus peores formas, como las epidemias o los terremotos, le parecían insignificantes si los comparaba con todos los que el hombre se causaba a sí mismo. Por lo tanto, la crueldad humana no podía considerarse una estrategia de supervivencia, pues al final acarreaba más problemas que ventajas a toda la especie. Aquel egoísmo insano, según razonaba, debía consistir en una enfermedad de la cultura, en un cáncer monstruoso que se desarrolla en el seno de la sociedad y se transmite de padres a hijos a través de la educación. Por un momento, se abrumó pensando en el estado general de miseria de la especie humana y en lo mucho que todavía le faltaba para alcanzar unas condiciones de vida realmente dignas, pese a todos los avances tecnológicos del siglo veintiuno. En cambio, Larry prefería suspender el juicio, renunciar a preguntarse por qué existe la maldad en el hombre, pues sabía que se trataba de una cuestión a la que ni siquiera los grandes maestros de la filosofía o de la ciencia habían dado una respuesta definitiva. ¿Quién era él, un oscuro periodista de Londres, para sentenciar sobre la condición humana? Al fin y al cabo, la supervivencia laboral había absorbido todas sus preocupaciones: el oficio de periodista había cambiado mucho en las últimas décadas, lo cual exigía adaptarse a los cambios con rapidez e inteligencia.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)

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