Páginas vistas en total

miércoles, 28 de junio de 2017

La maldita vergüenza (III)



III

El autobús había recorrido más de trescientos kilómetros desde São Paulo (es decir, más de tres cuartos de su ruta) cuando tuvo que frenar en seco y detenerse, pues una furgoneta se había puesto en medio de la carretera, impidiendo el paso. Por fuera de aquel vehículo había tres hombres de apariencia ruda, fornidos y corpulentos: dos de ellos sostenían ametralladoras en sus brazos. La pareja armada se acercó al autobús. Entre los pasajeros cundió el pánico enseguida, pues sabían que se trataba de salteadores de caminos, que no mostraban respeto alguno por la vida humana y podían matar a quienes se les antojara, incluso a mujeres y niños, con tal de robarles el dinero o los objetos de valor que guardaran. El conductor se quedó paralizado unos segundos por el miedo, hasta que levantó las manos del volante, suplicando piedad a los bandidos. Nadie sabía cómo reaccionar en aquel momento. Germán pensó que había llegado la hora de su muerte, pues aquellos criminales no dudarían en dispararle de un momento a otro. Estaba casi seguro de que el destino lo condenaría a morir asesinado, como castigo por el asesinato que había cometido unos días antes al otro lado del océano, a miles de kilómetros de allí. Los salteadores subieron al autobús y echaron un vistazo a los pasajeros desde la escalerilla de entrada. Todos ellos formaban una masa de trabajadores pobres, de quienes sólo podían llevarse un botín irrelevante, por lo cual no les interesaba matarlos. Germán era el único que no vestía como un pobre, pero los salteadores no pudieron verlo, pues se había escondido en los asientos del fondo, agazapado en el suelo. Los dos hombres armados bajaron del autobús y uno le dijo al conductor:

–Puede marcharse.

El conductor arrancó de inmediato el motor del autobús y prosiguió la marcha con un fuerte acelerón, como si el fantasma de una muerte segura le hubiera lanzado por un minuto su mirada terrible. Mientras se alejaban de aquellos salteadores, Germán suspiró de alivio. El azar o la providencia, con su enigmática generosidad, le habían salvado la vida. Aunque se hubiera apartado hace años de toda práctica religiosa, le dio gracias a Dios para sus adentros y se quedó con una sensación de perplejidad infinita, pues no conseguía explicarse ninguno de los sucesos que le habían ocurrido en Brasil desde su llegada. Nadie conoce su propio destino, así que no merece la pena angustiarse con la incertidumbre del futuro, pensó mientras el autobús rodaba a paso ligero sobre un largo camino de tierra. Para olvidarse un poco del susto, el conductor no tardó mucho en encender la radio y sintonizó una emisora de bossa-nova donde en aquel momento sonaba La chica de Ipanema, en la versión de João Gilberto y Stan Getz. La voz del cantante brasileño, grave y tenue, se alternaba con el saxofón del músico estadounidense, agudo y poderoso, creando una atmósfera de placidez absoluta con una armonía de matices negros y dorados. Mientras, los pasajeros volvían a la calma y reanudaban sus conversaciones, como si jamás se hubieran cruzado con aquellos malhechores que habían estado a punto de cometer una masacre.

El vehículo fue pasando junto a grandes plantaciones de café y de cacao, entre las que surgían algunas haciendas de estilo colonial, manchas de bosque selvático y praderas donde pastaban enormes rebaños de vacas. Tras una hora más de viaje, se detuvo en un pueblo de casas bajas que no superaba los dos mil habitantes. Germán escuchó a dos pasajeros sentados en la fila de asientos anterior a la suya que el conductor iba a hacer escala en el pueblo esa noche y a la mañana siguiente reanudaría la marcha, adentrándose todavía más en el corazón del país. De este modo, los pasajeros tenían la opción de quedarse en el pueblo o seguir el viaje. En principio, Germán quería seguir adelante, buscando un lugar todavía más remoto, pero el incidente de los salteadores lo había amedrentado en buena medida y le pareció que lo más sensato sería quedarse en el pueblo. Nada más bajarse del autobús, preguntó si había alguna pensión barata donde pudiera alojarse y le dieron las señas de un hostal donde solían quedarse las gentes que acudían allí, desde otros pueblos cercanos, para trabajar en el campo de forma temporal o cerrar pequeños negocios con los agricultores y ganaderos locales. Germán se encaminó a la pensión con cierta desgana, pues el trayecto había durado varias horas y se sentía cansado, pero no tardó mucho en llegar al sitio. Se trataba de una casa antigua de apariencia humilde, en cuyo vestíbulo se había instalado un mostrador de madera que servía de recepción. Cerca del mostrador, unas escaleras también de madera conducían hasta las habitaciones, ubicadas en la planta alta. Preguntó al recepcionista si disponían de habitaciones libres y pidió una para aquella noche. El recepcionista lo acompañó hasta la habitación y le entregó las llaves. La habitación estaba amueblada con una cama, una mesa de noche, una cómoda, una silla y un armario. Todos eran muebles sencillos, sin lujos ni ornamentos. Una puerta alargada y estrecha comunicaba este dormitorio con el diminuto cuarto de baño contiguo, donde había un inodoro y un lavabo sobre el que un espejo colgaba de la pared. Las duchas eran comunitarias y se encontraban en la planta baja.

Después de que el empleado se marchara, Germán tumbó su maleta sobre la cama y fue deshaciéndola con parsimonia. Sacó toda su ropa y la guardó en las perchas del armario. Se entretuvo en organizarla por clases de prendas: chaquetas, camisas, jerséis, camisetas y pantalones. Colocó sus zapatos en el piso del armario, debajo de la ropa. Cuando hubo deshecho toda la maleta, entró en el baño para lavarse la cara y salió a dar una vuelta por las calles de la zona. El sol de las ocho de la tarde, cercano al ocaso, fulguraba en la ventana de la habitación. En su paseo, Germán sólo vio casas pobres de muros desconchados, en cuyos porches de madera jugaban los niños; huertos donde crecían diversos frutales del trópico, como guayabos, aguacates y mangos; algún perrillo inquieto que aprovechaba las últimas horas de sol para merodear entre las casas y los huertos; y una humilde taberna donde algunos hombres con apariencia de camioneros bebían cerveza y ron. He llegado a un sitio de lo más tranquilo, pensó mientras caminaba sin dirección sobre las calles de tierra. Siempre había amado la naturaleza, pero le desagradaba la idea de habitar en un pueblo, pues sabía que casi todos, bajo sus apariencias idílicas, ocultan madrigueras de víboras donde crecen las murmuraciones, las envidias y los enconos, cuando no ciénagas donde el forastero languidece de tedio y melancolía. Difícilmente Germán podría sentirse aceptado y menos aún a gusto en el ambiente de un pueblo, pues las sociedades pequeñas no toleran a los hombres diferentes a la mayoría, quienes de una u otra forma no encajan en sus rígidas convenciones. Pero aún dudaba si allí fijaría su residencia o sólo se trataría de una escala más en su viaje. A medida que el sol iba cayendo, como una fogata que se consumía despacio, llegaban desde el horizonte las voces de grillos y ranas, como una larga letanía donde los tonos agudos se fundían con los graves.

Cuando Germán regresó de su paseo, ya se había vuelto de noche cerrada. El reloj del vestíbulo de la pensión marcaba las nueve. Subió a su habitación y se sentó en una silla que había cerca de la ventana. El hondo silencio nocturno reinaba en la densa atmósfera de aquel breve espacio, hasta que comenzó a resultarle opresivo, y no sabía cómo conjurarlo. Aburrido, se levantó de la silla, abrió de nuevo el armario y vio su corbata negra, caída en el piso del mueble, bajo sus chaquetas y camisas. La idea de ahorcarse con ella cruzó su mente y pensó que había llegado la hora de quitarse la vida. Anudó la corbata con fuerza, desde su punta, al travesaño del que colgaban las perchas de ropa, de manera que el nudo para el cuello, puesto del revés, parecía una especie de horca, un símbolo terrible y esquemático de la muerte. Decidió fumarse un último cigarro antes de llevar a cabo su intención, pues quería ahorcarse aquella noche, pero todavía quedaban muchas horas para el amanecer y nada lo apremiaba a suicidarse de un momento a otro. Nadie lo estaba persiguiendo y su vida no corría peligro. Contra sus iniciales temores, la policía brasileña no había desplegado la más ligera actividad en el pueblo: ni tan siquiera había aparecido un mísero espía que lo vigilara. Todo se había sumido en la más abrumadora normalidad. Aspirando el humo del cigarro, sentado sobre las sábanas de la cama deshecha, se paró a meditar sobre las consecuencias del suicidio. Aquella decisión acabaría de manera irreversible con su vida. Perdería todo, lo bueno y lo malo, el presente y el futuro, sin que pudiera volver un paso atrás. No sentiría de nuevo cómo el sol de las mañanas y las tardes acariciaba sus ojos, hundidos en la oscuridad infinita, ni cómo sus raudales luminosos calentaban sus manos, condenadas a un frío del que no cabía retorno. Pensó que debía temerse a sí mismo, pues se había convertido en su enemigo más encarnizado, y respiró con hondura. No estaba convencido para lanzarse a la muerte, y se levantó de la cama para desanudar la corbata del armario. Al fin y al cabo, pensó, no pierdo nada en absoluto por seguir viviendo un poco más. Dio un trago a la botella de Jack Daniel’s que había colocado sobre la mesilla de noche, se tendió sobre la cama, sin haberse cambiado siquiera de ropa, y dejó que el sueño fuera cerrando sus párpados cansados, con la misma lentitud irremediable con que avanza la bruma del invierno o la sombra de la noche. Al día siguiente, Germán se despertó sobre las nueve de la mañana. Se duchó en pocos minutos, se cambió de ropa y bajó los escalones de madera que conducían al bar de la pensión, situado en la planta baja. Se sentó en la barra y pidió un café con leche al camarero.

–¿Qué lugares puedo visitar aquí? –preguntó Germán al camarero.
–No hay mucho que ver en este pueblo –le respondió el camarero–. Varias iglesias históricas, el edificio del ayuntamiento y la comuna hippie que está en las afueras.
–¿Una comuna hippie? –preguntó de nuevo Germán, sorprendido.
–Sí, caballero. Hace como cinco años, aparecieron aquí unos extranjeros: unos venían de Estados Unidos y otros de Europa. Se quedaron en el pueblo, compraron unas tierras y fundaron una comuna.
–Tengo que ver eso –A Germán se le había despertado la curiosidad–.
–Bueno, si le llama la atención… –dijo el camarero con cierta desgana– A mí no me parece nada interesante, aunque algunos viajeros pasan a veces por allí. Esos hippies están algo locos, pero no molestan a nadie. Son pacíficos.
–¿Cómo se llega hasta allí?
–Tiene que andar hasta la gasolinera situada al final de esta misma avenida. Luego encontrará una calle que se pierde en el campo, a la derecha. Donde acaba esa calle empieza un camino de tierra. Siga ese camino, que mide como doscientos metros de largo, y llegará hasta la casa de la comuna.
–De acuerdo. ¡Gracias!
–De nada, señor.

Germán pagó el café con leche y salió a la calle para visitar la comuna hippie, siguiendo las indicaciones del camarero. No le costó demasiado llegar hasta la finca donde se encontraba. La casa de la comuna era una construcción de ladrillo con dos alturas y un porche de madera en la entrada, como la mayoría de las que formaban el pueblo. Situada sobre un prado verde, a poca distancia de las huertas que cultivaban los miembros de la comuna, recordaba ligeramente a las casas rurales del sur de Estados Unidos. Delante del porche crecían algunas plantas de anturios escarlata, cuyas flores coronaban sus tallos como lenguas de fuego. A diez o quince metros de la fachada principal, se levantaba una enorme ceiba cuyas ramas frondosas, torciéndose como los brazos de un candelabro barroco, creaban una ancha sombra que servía para sentarse o tenderse sobre la yerba en las horas más calurosas del día. De una de aquellas ramas, atado con sogas, pendía un columpio de madera pintada de blanco, que se movía como un fantasma con la brisa. Algunos pájaros tropicales, que Germán no supo reconocer, llenaban el aire de la mañana con sus voces metálicas. Mientras miraba el sitio, Germán se preguntó si de verdad merecía la pena visitar aquella comuna o si albergaba sólo una pandilla de locos o estrafalarios que no le causaría ningún interés, como le había advertido el camarero de la pensión. De forma paradójica, la duda lo impulsó a seguir adelante, pues quería confirmar o desmentir con sus propios ojos lo que el camarero le había contado. Con su habitual paso resuelto, se acercó a la casa, subió las escaleras del porche y entró en el salón directamente, pues alguien había dejado la puerta sin cerrar. Sentada en una silla de madera, junto a una mesa grande, una chica pelaba fruta con aire ensimismado. Tenía veintinueve años y apariencia anglosajona, con el cabello rubio claro y un tono de piel entre rosado y lechoso. Llevaba un vestido de lino blanco que llegaba hasta sus rodillas y un delantal de cocina para no mancharse. De pronto, la chica levantó la mirada hacia el forastero.

–Hola –saludó Germán–.
–Hola –le respondió la chica–. ¿Qué desea?
–Me han dicho que aquí había una comuna y me he acercado por curiosidad –Germán omitió la palabra hippie para evitar sus posibles connotaciones ofensivas–.
–¿Eres de aquí?
–No. Soy extranjero.
–¿De qué país? –preguntó la chica intrigada.
–De España.
–¡España! Allí tenéis grandes futbolistas.
–No tan buenos como los brasileños.
–¿Vives aquí o estás de viaje?
–Estoy de viaje?
–¿Vienes a ver la selva amazónica?
–En principio no venía para eso. Es una larga historia… En realidad, se trata de un viaje hacia ninguna parte –Germán se rió brevemente–. Lo que más importa no es el destino, sino el hecho de viajar. En definitiva, moverse. Lo que no se mueve está muerto.
–Es una buena filosofía –respondió la chica sonriendo–. Por cierto, aquí vendemos frutas tropicales: bananas, guayabas, aguacates, mangos… Si te apetece comprar algunas, están muy ricas y a buenos precios.
–¿Os dedicáis a la agricultura?
–Sí. Procuramos abastecernos con nuestros cultivos, y el sobrante lo vendemos aquí.
–¿Lleváis aquí mucho tiempo?
–Cinco años. Somos seis personas: tres vinieron de Estados Unidos y tres de Europa. Yo soy norteamericana.
–¿Cómo te llamas?
–Suzanne.

De súbito se le vino a la mente la canción Suzanne, de Leonard Cohen, como un presagio de algo desconocido: And you want to travel with her, / and you now to travel blind, / and you know she will trust you, / ‘cause you’ve touched her perfect body / with your mind[1].

–Como la canción de Leonard Cohen.
–Exacto –dijo sonriendo de nuevo–.
–Mi nombre es Germán. Encantado.
–Encantada.
–¿Cómo os decidisteis a vivir aquí, tan lejos de vuestros países?
–Éramos un grupo de gente insatisfecha con sus vidas. Casi todos teníamos trabajos que no nos llenaban; no estábamos a gusto con la sociedad en que vivíamos… Entonces buscamos una forma de cambiar aquella situación. Nos enteramos, a través de Internet, de que se vendían fincas muy baratas en el interior de Brasil… y creamos un fondo con nuestros ahorros para comprar unas tierras y fundar la comuna. Los comienzos fueron un poco duros: había que trabajar mucho y no estábamos acostumbrados al trabajo del campo. Pero ahora ya hemos ganado experiencia. Vivimos de manera sencilla, sin lujos, pero somos felices.
–Entiendo… Yo también he recalado en Brasil por un motivo parecido. Trabajaba para el departamento de recursos humanos de una compañía de seguros, en Madrid, pero no me gustaba nada mi trabajo. Me alegro de conocerte. Pronto volveré por aquí –respondió Germán–.
–El placer es mío. Vuelve cuando quieras –repuso Suzanne–.

Al día siguiente, Germán volvió por la comuna y desde entonces comenzó a visitarla todos los días. Así pasaron dos semanas, en las que fue conociendo a los miembros de la comuna y trabando cada vez más confianza con ellos. Casi todos los días almorzaba con ellos en el salón de la casa y participaba en las conversaciones de la sobremesa, mientras jugaban a las cartas y bebían tazas de té o chupitos de algún licor. Pasadas las dos semanas, Suzanne propuso la idea de admitir a Germán en la comuna y todos los miembros se reunieron a debatir el asunto. Hasta esa fecha, la comuna había albergado un grupo de seis personas que se dividían en tres parejas, aunque se daban relaciones abiertas entre varias. La primera pareja estaba formada por Joe, un americano de sesenta años, y Annabel, su compañera de toda la vida, también americana, de cincuenta y cinco; la segunda por Suzanne, de veintisiete años, y Alice, una chica inglesa de veintinueve. La tercera la componían dos chicos: Paul, un alemán de veintiocho, y Albert, un holandés de treinta y uno. Joe y Annabel preferían la monogamia, pues en su juventud habían practicado las relaciones abiertas y el intercambio de parejas, pero la madurez había menguado sus energías. Cada cual tenía sus hábitos y preferencias, que los demás respetaban sin discusión alguna. Suzanne y Paul se definían como bisexuales, mientras que Albert era homosexual y Alice lesbiana: entre los cuatro se había forjado una intensa complicidad sexual y mantenían diversas relaciones los unos con los otros según sus apetencias, hasta el punto de que algunas noches celebraban orgías en el mismo salón donde ahora se encontraban. Las noches en que los demás daban rienda suelta a su desenfreno, Joe y Annabel subían a su dormitorio, cerraban la puerta para que no les llegaran los ruidos que venían de la planta baja y se dormían como de costumbre. Sin embargo, aquella tarde todos estaban sentados a la mesa, valorando la conveniencia o no de incluir a Germán en su pequeña comunidad.

–¿Y si fuera un agente infiltrado de la policía? –se preguntaba Joe–. A lo mejor quiere arrestarnos por vender marihuana y nos está investigando.
–No creo. Llevamos ya cinco años aquí –argumentó Suzanne–. Si la policía tuviera esos planes, ya nos habría arrestado hace tiempo. Sólo es un hombre insatisfecho con su vida…
–Todos vienen con el mismo cuento. Debemos tener mucho cuidado a la hora de admitir gente nueva en esta comuna –advirtió Alice–.
–Démosle una oportunidad. Nos hacen falta más brazos para trabajar las tierras… –aconsejó Paul.
–Está bien. Dejaremos que viva un mes con nosotros, como periodo de prueba, y si no causa ningún problema lo admitiremos como miembro de la comuna. De lo contrario, deberá marcharse de inmediato. ¿Estáis todos de acuerdo? –preguntó Albert.

Todos asintieron y decidieron que Germán se integrara en la vida de la comuna. Al día siguiente, por la mañana temprano, Germán volvió a la casa. Cuando llegó, Suzanne estaba remendando unas cortinas con aguja e hilo.

–Buenos días –saludó Germán con una sonrisa–.
–Buenos días –dijo Suzanne, mientras levantaba la vista de las cortinas–. Tengo una buena noticia para ti. Hemos decidido admitirte en la comuna.

Germán la miró con una mezcla de sorpresa y alegría, pues deseaba introducirse en aquella comunidad para no seguir viviendo solo. Desde aquel momento, sus visitas a la casa de la comuna se hicieron cada vez más largas, hasta el punto de que salía de la pensión a la mañana y volvía después de la cena, ya bien entrada la noche, para dormir en su habitación. Dos semanas más tarde, ya se había acostumbrado a la vida en la comuna y se había ganado la plena confianza de sus miembros, de manera que decidió abandonar la pensión para mudarse a la casa. Se levantó sobre las nueve de la mañana, como solía, preparó su maleta con rapidez y bajó despacio los empinados escalones de madera para no tropezarse. Se acercó a la mesa del recepcionista y le avisó de que deseaba pagar la última noche de alojamiento y devolver las llaves de su habitación.

–¿Vuelve usted a España? –le preguntó el recepcionista, disimulando su afán de inmiscuirse en la vida ajena con un falso tono de curiosidad inocente.
–No. Desde ahora voy a quedarme en la comuna de las afueras –respondió Germán–. Creo que ya no volveré jamás a España.

El recepcionista lo miró con cierta sorpresa, aunque sabía que Germán no era el primero que había venido al pueblo para alojarse en la comuna. En los años anteriores, algunos extranjeros habían llegado con el mismo propósito: un joven inglés de treinta años, un holandés de cuarenta y una pareja formada por un hombre de Estados Unidos y una mujer de Canadá, según recordaba el empleado gracias a su buena memoria. A pesar de esconderse en aquel pueblo, situado en los confines de la selva amazónica, la comuna funcionaba como una suerte de imán para otros hippies y viajeros errantes de todo el mundo gracias a las nuevas tecnologías, con las que había creado una red internacional de contactos en Europa y Norteamérica. Paul, el joven alemán, pertenecía a un foro de Internet sobre agricultura ecológica y vida en la naturaleza, donde escribía artículos sobre la comuna para los demás usuarios del foro. A veces, algunos usuarios mostraban especial interés en sus artículos y empezaban a intercambiar mensajes con él para informarse en detalle sobre la comuna, hasta que decidían viajar desde sus países para quedarse allí una temporada. Sin embargo, todos aquellos forasteros se habían marchado tras unos meses de estancia, así que el recepcionista pensó que Germán acabaría haciendo lo mismo, por más que anunciara su intención de no volver a España.

–Bueno… Como ya sabe, los hippies de la comuna están algo locos, pero jamás han molestado a nadie. Supongo que lo tratarán bien. Sin embargo, le recomiendo que no se aficione a la marihuana, pues allí se fuma bastante.
–Eso me trae sin cuidado: no consumo drogas ni me interesan. Si mi vecino se lanza por la ventana, yo no voy a lanzarme tras él. Mi único vicio es tomarme un trago de Jack Daniel’s casi todos los días. En fin, que levante la mano quien esté libre de vicios.
–Tiene razón. Que le vaya todo bien.
–Gracias. ¡Hasta luego!

Germán salió con paso ligero de la pensión, pero antes de marcharse a la comuna se desvió de su camino habitual. Había quedado a las nueve y media con un vecino del pueblo, un ganadero que se dedicaba al contrabando de alcohol y de armas para engordar los pocos ingresos que obtenía con la venta de sus vacas y terneras. Se presentó en su granja para comprarle una pistola. El trato fue rápido y sencillo, sin formalidades: el contrabandista, que lo estaba esperando fuera de la granja, le dio la mano y lo condujo a los establos, donde había dejado algunas vacas mientras las demás pacían sobre el prado que rodeaba la casa. En la penumbra que reinaba allí, el granjero desenterró una arquilla de madera que había ocultado bajo una montaña de heno y le enseñó la pistola, además de una caja de munición para cargarla. Acabada en un color negro reluciente, la pistola brillaba como una daga de obsidiana bajo el sol de mediodía.

–Como puede comprobar, está nueva y en perfectas condiciones –aseveró el contrabandista–.
–Muy bien. Me la llevo –respondió Germán–.

Germán le pagó con varios billetes, guardó la mercancía en su maleta y se dirigió a la comuna. En aquel momento no quería usar el arma contra nadie, pero pensaba que en alguna ocasión podría necesitarla para defenderse. Cuando llegó a la comuna, Suzanne lo esperaba sentada en el porche de la casa, fumando un cigarrillo con aire inocente pero sensual. Ella lo condujo hasta su dormitorio para que dejara la maleta sobre la cama y luego le enseñó las demás habitaciones de la vivienda. Mientras iba mirando las estancias, Germán se sintió reconfortado, pues notaba cómo la joven americana lo había recibido con absoluta hospitalidad, sin hipocresía ni recelo. Por las mañanas debería echarse la azada al hombro y trabajar en los cultivos de la comuna, como todos sus miembros, pero aquella idea no le desagradaba. Después de todo lo que había sucedido en los últimos tiempos, prefería recoger lechugas y coles a tramitar expedientes de regulación de empleo. Prefería servir a una comuna de locos felices que a la inagotable codicia de las élites financieras del mundo, por muy bien que le pagaran.

–Esta noche te daremos una cena de bienvenida –le dijo Suzanne–. Siempre lo hacemos cuando llega un invitado a la comuna.
–Me parece buena idea –opinó Germán sonriendo–. Así podré celebrarlo.
–Ahora me gustaría llevarte al sitio donde vas a trabajar conmigo. No está muy lejos de aquí, pero debemos cruzar un trecho de selva. Como ya sabes, vivimos de la agricultura y todos colaboramos en las faenas del campo.

Los dos salieron de la casa, atravesaron el jardín y siguieron un camino que se perdía entre bananas y aguacates, hasta que llegaron a la zona donde comenzaba la selva. La espesura y el tamaño de los árboles tropicales intimidaban a Germán. Le parecía como si un jaguar en busca de presas o una cuadrilla de indios armados con flechas pudieran asomar entre las hojas en cualquier momento, pero no dijo ni una palabra para disimular su miedo a lo desconocido. Se adentró con Suzanne en la selva y ella lo cogió de la mano. Los árboles de Pernambuco crecían altos, unos cerca de otros, tejiendo la penumbra del suelo con sus ramas. Desde lo alto se escuchaban los sonidos metálicos de alguna cotorra vocinglera que llamaba a sus amigas. Durante casi un cuarto de hora, tuvieron que abrirse paso entre grandes hojas de philodendron, alargadas lianas y palmeras de escaso fuste que cubrían el suelo. De pronto, en el aire denso del bosque, Germán comenzó a sentir un aroma que le resultaba conocido, aunque no sabía identificarlo con precisión. Enseguida le trajo borrosas memorias de algunas salidas nocturnas por los bares de Madrid y jaranas celebradas en pisos de universitarios: en suma, lo asociaba con la noche y la fiesta, pero no lograba reconocer de qué procedía. Caminaron unos pasos más entre la selva, como si aquel aroma los fuera guiando, y llegaron hasta un claro de forma redonda abierto en la espesura, como de veinte metros de diámetro. Allí se escondía un cultivo de marihuana, cuyas plantas alcanzaban casi los tres metros de altura debido a la humedad y la calidez del clima selvático, produciendo unas hojas anchas de verde intenso. Germán se quedó sorprendido con aquella insólita huerta. No sabía qué decir.

–Ésta es nuestra fuente principal de ingresos –le comentó Suzanne–. Todas las semanas viene a la comuna un holandés que vende la marihuana a su país y se lleva una bolsita de cogollos. También la gente local nos la compra a veces en pequeñas cantidades.
–¿No preferirías dedicarte a otra cosa? Algo que no estuviera prohibido por las leyes –le preguntó Germán–.
–No entiendo por qué las leyes prohíben este cultivo. El cáñamo se encuentra en la naturaleza: no se trata de ninguna droga de laboratorio. Y quienes compran marihuana deciden libremente si la consumen o no.
–Llevas razón. Pero a los demás le cuesta mucho todavía comprenderlo. Temen a lo desconocido.
–¿Y tú? ¿Temes a lo desconocido? –le preguntó Suzanne para sondear un poco en su carácter.
–No lo sé –respondió Germán–. Si lo he dejado todo atrás para venir hasta aquí, supongo que no debería temerlo. Pero todavía me sigo preguntando qué sentido tiene mi viaje, si acaso tiene alguno. Ahora estoy descubriendo una forma de vida totalmente nueva para mí, que me fascina… pero a veces, en el fondo, me siento culpable. Me pregunto si las cosas no me habrían ido mejor si me hubiera quedado en España, si hubiera seguido con mi trabajo en una compañía de seguros… A lo mejor esto no ha sido más que un gran disparate, una locura que pagaré más tarde o más temprano.
–¿Una locura? Yo no lo veo de esa manera. Para mí no has cometido ninguna locura: has hecho lo que necesitabas para no volverte loco. Estabas cansado de tu trabajo y ya no te sentías a gusto con tu vida. Necesitabas un cambio radical y te marchaste lejos de tu país, para olvidarte de todo lo que había sido tu vida hasta entonces. Escúchame, Germán: no eres culpable de nada. No tienes que recibir ningún castigo. Te educaron para que te sintieras culpable a todas horas, cuando no hagas lo que la sociedad espera de ti. Pero ahora tienes que desprenderte de ese lastre. Ahora estás aprendiendo la libertad.
–¿La libertad se aprende?
–La libertad sólo se gana después de mucho esfuerzo. Y todo lo que se gana con esfuerzo requiere de un aprendizaje. ¿Quieres ayudarme a recoger los cogollos de marihuana?
–Sí. Supongo que me has traído aquí para eso –se rió Germán–.
–Vete poniéndolos en la cesta –le indicó Suzanne–.




[1] Y quieres viajar con ella, / y quieres viajar a ciegas, / y sabes que confiará en ti, / porque has tocado su cuerpo perfecto / con tu mente.

No hay comentarios: