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jueves, 10 de noviembre de 2016

Isla de ciegos

Erasmo y Marina cargaron las maletas y se dirigieron hacia otro hotel, situado también en primera línea de playa. Pidieron una habitación y pasaron la noche en calma, sin pisar la calle ni hacer ningún alboroto en el hotel, pues el desenfreno de la noche anterior les había quitado cualquier deseo de fiesta y bullicio. A la mañana siguiente, aún tumbados en la cama, comenzaron a repasar en común la historia de sus vidas.

–¿De dónde vienes? –le preguntó Erasmo a Marina.
–Soy rusa –respondió ella–. Nací en los suburbios de Moscú.
–Rusa… Me lo imaginaba por tu acento. ¿Cómo llegaste aquí?
–Es una larga historia… Estaba en el paro: por más que lo intentaba, no conseguía trabajo en mi país. Me presenté a una agencia para trabajar fuera de Rusia… y me dijeron que podían darme un puesto de camarera en España. Yo acepté, creyendo que mejoraría mi suerte… pero me tendieron una trampa. Me engañaron sin piedad. La agencia de trabajo escondía una mafia de trata de blancas. Me encerraron en un club de alterne y me obligaron a trabajar de sol a sol, como una esclava. Pero una noche llegó la policía, arrestó a los mafiosos que dirigían el club y pude marcharme de allí. Ahora trabajo como bailarina en el club nocturno donde nos conocimos, y como prostituta por mi cuenta. Recibo a mis clientes en el piso donde vivo.

Al principio, Erasmo sospechaba que aquella historia no consistía más que en una mentira creada por Marina para inspirar lástima a sus clientes, pero su mirada, sus gestos y el tono de su voz, que desgranaba su vida con sinceridad implacable, sirvieron para demostrarle que era tan real como la vida misma.

–Nunca imaginé que vinieras de un pasado tan difícil –dijo Erasmo, asombrado.
–Ya ves. Detrás de una apariencia normal, todos guardamos historias increíbles. Unas veces son maravillosas; otras, desgraciadas como la mía. Y, cuando vamos por la calle, nadie que nos vea se imagina que las hayamos vivido.
–A veces tengo la impresión de que vamos por el mundo con una máscara que disimula quiénes somos de verdad. Pero más tarde o más temprano, en algún momento, debemos quitárnosla para revelarnos tal como somos.
–Ahora que yo te he contado mi historia, cuéntame la tuya. Me gustaría saber algo más de ti.
–Como ya te he contado, nací en la capital de la isla, Villa Santiago. Mi vida carece de todo interés: monotonía y aburrimiento son las palabras que mejor la definen. Estudié en un instituto de la capital: era buen estudiante y pasé a la universidad. Me matriculé en ciencias económicas: mis padres me aconsejaron esa carrera para triunfar en la vida. Estudié, estudié y estudié. Se me pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio, como dice Cervantes de don Quijote, pero no leía novelas de caballeros andantes, sino manuales y temarios de las asignaturas. Terminé la carrera de economía con magníficas notas. Sin embargo, no sé casi nada de la vida. Me siento encerrado en esta isla: es como una fortaleza, una prisión donde no puedo hacer otra cosa que andar en círculos y lamentarme de mi aburrimiento. Quisiera marcharme de aquí cuanto antes.
–Te comprendo. Yo me sentía de forma parecida cuando la mafia me obligó a trabajar en un club de alterne. Quería salir de allí, pero no podía. Hasta que al fin, una noche, cuando menos lo esperaba, me liberaron.
–Yo sueño que algún día me liberen de esta isla.
–Pronto llegará ese día. Y serás tú quien se libere a sí mismo. Tienes dinero y puedes hacer lo que quieras con él.
–Es verdad: ahora tengo dinero. Hasta hace dos semanas, no era más que un parado cuyos ahorros comenzaban a agotarse. Desesperado, entré en un casino, aposté a la ruleta… y me hice con el premio gordo. A veces el destino da vuelcos impredecibles. En fin, ya no tengo derecho a quejarme.
–Puedo entender que tengas razones para quejarte. Todos atravesamos dificultades en la vida, pero nunca son las mismas para todos. Dime, ¿por qué no te sientes feliz?
–Por la soledad, Marina. Por ella me siento desgraciado. Mi soledad me duele todos los días, a todas horas, desde que abro mis ojos al despertarme hasta que los cierro para dormir. La siento en mi costado, como una punzada interminable, como un dolor infinito.
–Esa sensación me resulta familiar. Yo también he pasado sola mucho tiempo. Pero ahora no estamos solos. ¿Qué vamos a hacer hoy?
–Podríamos ir a la playa. ¿Te apetece?
–Sí. Me vendría bien tomar un poco de sol.
–Entonces… podemos salir de Las Arenas, a una playa salvaje donde ya he estado alguna vez. Te llevaré en mi coche. Creo que te gustará el sitio.
–De acuerdo. Llévame.

Se vistieron rápidamente y bajaron a los aparcamientos del hotel. Erasmo arrancó su coche, tomó una salida a la autopista del sur y puso rumbo a la playa salvaje que había nombrado a Marina. Aquél era otro día brillante: el sol ardía como un disco de hiriente blancura, mientras el océano multiplicaba sus reflejos solares. Después de conducir unos diez kilómetros, abandonó la autopista por una larga carretera que bajaba hacia la costa, y que se tornaba cada vez más sinuosa conforme se acercaba a la mar. Desde el asfalto podía verse la playa de rocas, breve y solitaria, escondida tras unas montañas costeras. Aparcó su coche en los alrededores de la playa y caminó con Marina hasta la orilla de la mar. Se bañaron entre besos y caricias, mientras el reflujo incesante de las olas envolvía sus cuerpos entrelazados. Salieron de las aguas y se tendieron sobre una roca negra para secarse bajo el sol. Cuando ya se había secado, Erasmo se acercó un momento al coche para coger algo. Volvió con dos pequeños trozos de cartón en la mano.

–¿Qué es eso? –le preguntó Marina, extrañada.
–¿Has oído hablar alguna vez del ácido lisérgico, el famoso LSD? –le respondió Erasmo con otra pregunta, en un tono de voz sugestivo y misterioso.
–Sí. Pero eso es una droga muy fuerte. ¡Estás loco si pretendes que la tome!
–Sí, es fuerte, pero no adictiva. Abre las puertas de la percepción. Si te relajas y la tomas conmigo, disfrutaremos de un viaje maravilloso. Te revelará todo un mundo que ni siquiera imaginas.
–Está bien. Pero quédate a mi lado mientras el viaje dure. No quiero volverme loca de miedo por las visiones que tenga.
–No temas. No voy a separarme de ti –le prometió Erasmo en tono dulce y bajo, casi susurrante, acercando la boca a su oído y sosteniendo su mano–.

Los dos consumieron la droga y media hora después, coincidiendo con el mediodía, comenzaron a sentir los efectos del alucinógeno. Erasmo vio cómo el paisaje se transformaba delante de su atónita mirada, hasta devenir un espejo del propio Erasmo, de la corriente de imágenes e ideas que guardaba en sus adentros. Las olas se convirtieron en llamaradas azules y blancas; el sol, en una rueda cubierta de fuego que giraba cada vez más rápida; las nubes, en ángeles de formas inestables que danzaban en corros; las gaviotas, en águilas de plumas fulgurantes cuyos gemidos sonaban como clarines; los cardones y tabaibas que crecían sobre las montañas costeras, en candelabros y antorchas que manaban de la tierra como surtidores. Y el cielo se había transfigurado en un lienzo donde brotaban y desaparecían manchas de todos los colores, como súbitas deflagraciones que estallaban para luego disiparse. Marina sufría percepciones semejantes a las de Erasmo:

–Erasmo, mira. Los cardones están en llamas.
–El fuego del mediodía baja hasta el fondo de la tierra y sube de nuevo por sus poros –le respondió Erasmo, enajenado y absorto en sus visiones–. Todas las cosas absorben y transpiran el calor de la vida.
–¿No tienes miedo a la muerte? –le preguntó Marina.
–Ahora me siento más vivo que nunca. Un dios habita en mí. Soy un dios bajo el fuego celeste del mediodía.
–Enséñame lugares desconocidos –le pidió Marina.
–No: tú has de guiarme en este viaje. Tú eres la madre de la luz y la sombra, la diosa de la unificación. Ahora vemos lo invisible: somos los únicos videntes en esta isla de ciegos.

(Fragmento del relato inédito Isla de ciegos)