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domingo, 6 de julio de 2014

Elegía

(A Héctor Vargas Ruiz)


Te fuiste sin aviso, de repente,
sin decirnos adónde te marchabas,
asido a la cuerda rota del vacío.
El aullido mortal de los huracanes
batía las ventanas de tu casa;
los agravios infames de la vida,
esa vida que amaste sin mesura,
habían rebosado ya tu vaso.
Ahora que te has ido nos dolemos a solas,
mesándonos en vano los cabellos,
y repetimos tu nombre sin descanso,
como quien llama a gritos,
desde los arrecifes de la costa,
a un marinero perdido en las aguas;
sabiendo que, de ahora en adelante,
ya sólo te veremos
en el espejo invisible de la memoria.
Ahora que te has ido,
las arcadas vacías de los puentes
irradian un gemido silencioso;
los árboles, llorando, se desangran,
como venas abiertas en la sombra;
los cauces de los áridos barrancos
llevan aguas oscuras de lamentos.

Recuerdo cómo aleteabas,
desvelada luciérnaga, en la noche,
con una luz más viva que todas las farolas
y todos los neones de los bares,
en la ciudad borracha de licores amargos.
Y tus alas giraban delante de nosotros,
que fuimos y seremos tus amigos,
con la pureza de tu mirada impura,
llena de lúcida pasión, más honda que la nuestra.
Eras dichoso y libre:
seguías el mandato de la vida,
las voces imperiosas de tu sangre,
fuera de los caminos
donde pasa la inerte mayoría:
esclavos de temores e ignorancias
que abarrotan las calles del mundo
con silencio de muertos,
con aire de sonámbulos cansados.
No importa si bebías
los bares de la turbia madrugada;
no importa si apurabas
las horas como cálidos cigarros
o botellas espumosas de cerveza.
De pronto, sin aviso,
nos has dejado huérfanos ahora.

Pero veo también, maravillado,
cómo vuela tu nombre por los aires,
cómo remonta los océanos
de la noche y abraza las estrellas,
donde vives ahora,
regando pensativo los jardines
de las constelaciones;
donde ahora nos ves, en la distancia,
con tu sonrisa límpida y serena,
la sonrisa que nada, ni la muerte,
conseguirá llevarse de tus labios.
Y nosotros, los vivos o los muertos en vida,
guardaremos las brasas humeantes
que dejaron tus huellas en el mundo:
llevaremos al hombro tu memoria,
como un peso dulcísimo y amado.
Cuando venga la noche,
para que se desnuden cielo y tierra,
mostrando lo que el día nos esconde,
alzaremos los vasos en tu nombre.
Y habitarás el vino que bebamos,
llenándonos a mares de tu vida,
tú, que riegas y enciendes las estrellas.

1 comentario:

Sair Lozano dijo...

Felicidades