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jueves, 5 de septiembre de 2013

Autolectura (II)

***
Facetas del amor

En el discurso poético, los amantes y la experiencia afectiva pueden aparecer bajo una variedad inmensa de metáforas; en esta ocasión, me gustaría subrayar la importancia del pájaro y el vuelo como imágenes del amor. Según el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, todo ser alado es un símbolo de espiritualización; y la figura del pájaro, entre los muchos significados que adquiere en las culturas y tradiciones del mundo, puede representar a los amantes metamorfoseados. El amor permite al yo poético y a su amada elevarse sobre la realidad cotidiana y alcanzar una felicidad que dote de un sentido último a sus vidas. Como afirma el naturalista y escritor Alphonse Toussenel, en su ensayo El mundo de los pájarosEnvidiamos la suerte del pájaro y prestamos alas a lo que amamos, porque sabemos por instinto que, en la esfera de la felicidad, nuestros cuerpos gozarán de la facultad de atravesar el espacio como el pájaro el aire. La relación de los amantes se transforma en un vuelo espiritual, en un movimiento ascendente que lleva la naturaleza humana a su plenitud, a su grado más alto de perfección, y así lo expresa el poema que voy a leer ahora.

Vuelo

Los pájaros se mecen
–raudas saetas frescas
que surgen de la luz y de la brisa–
en los amados árboles.
Tú los miras, suspensa,
pendiente de las alas
que vienen, van, se mueven
veloces en el viento
de esa danza de luces inestables.

Ya sé tu pensamiento:
quisieras ascender hasta la fronda
que eleva tantas hojas,
que guarda tantas flores,
que tiene tantos frutos.
En esto, nos alzamos de la tierra;
me llevas de la mano;
con ese blando tacto,
me vuelves tan ligero
como un cendal; subimos
a la corriente de las auras frescas
que silban a través de la enramada;
bebemos sus olores,
sus cantos inefables y matices;
giramos, luego, en torno
de palmas, de castaños, de laureles;
llegamos a las copas
–oh cumbre de este viaje–
donde las altas aves nos aguardan,
y acompasadamente,
como las hojas del otoño,
descendemos los dos, sin prisa, al suelo.

Hoy hemos conocido
la gracia de volar;
apenas un instante, fuimos pájaros.

(De Tratado de la luz)

Pero el amor no consiste solo en una búsqueda o aspiración a la felicidad, sino también en una vía de conocimiento que combina lo racional y lo intuitivo. Gracias al amor, puedo dialogar con el otro, encarnado en la persona amada, y me libero del peligro de quedar abismado en un monólogo interminable. Ese diálogo con la persona amada, esa apertura al otro, esa acogida en mí mismo de lo diferente, me permite superar las carencias propias de mi condición de ser individual, que me condenan, como a todos los hombres, a una percepción limitada del mundo. En un primer momento, el sujeto poético descubre en su amada un reflejo del universo y reconoce una profunda semejanza entre su amor al mundo y su amor a ella; como dice uno de los Fragmentos de Novalis, Mi amada es la abreviatura del universo y el universo la prolongación de mi amada. Y, una vez que ha reconocido la imagen del universo en su amada, puede encontrarse a sí mismo en ella, viéndose ahora libre de sus antiguas carencias y limitaciones. Friedrich Schlegel expresa esta idea de modo magistral en su novela Lucinda, cuando Julio, el protagonista de la obra, se dirige a su amada Lucinda en una carta: Todo lo que antes amábamos, lo amamos ahora más ardientemente. El sentido para el mundo se nos ha abierto precisamente ahora. Tú has conocido por mí la infinitud del espíritu humano, y yo he comprendido por ti […] la vida, y la gloria de todas las cosas. Todo está animado para mí, me habla y es santo. Cuando se ama como nos amamos nosotros la naturaleza vuelve en el hombre a su original divinidad. El placer vuelve a ser en el solitario abrazo de los amantes lo que es en la gran totalidad: el más santo milagro de la naturaleza; y lo que es para otros algo de lo que deben avergonzarse, vuelve a ser para nosotros lo que en sí mismo es: el fuego puro de la más noble vitalidad. Toda esta concepción del amor como vía de conocimiento, que tiene su origen en el romanticismo alemán, late en el trasfondo de los tres poemas que leeré a continuación.

La luz

El instante en que vivo
más alto y hondamente,
amor, es esta hora
en la que yo, seguro,
estallante, gozoso, liberado
de todas las prisiones cotidianas,
te canto, y tú te elevas, te conviertes
en luz, eres la luz, y luego todo
es luz en torno a ti, que me rodeas,
amor, con un abrazo
que estrecha y no limita,
que me llama a subir a tus alturas,
transfigurado en luz, cuando te veo.

(De Tratado de la luz)

[Sin título]

En la noche estrellada,
te vienes hacia mí, con mudos pasos,
como segunda bóveda celeste,
bóveda que mis dedos acarician.
Se acercan a tu cuerpo mis oídos
y siento cómo suena, tembloroso,
como la fresca y solitaria luna
en el silencio de la noche.
Ven. Déjame rozarte
con los labios de un sol amanecido.
En tus innumerables cavidades,
en tus meandros, hallaré los ecos
del inaudible son de las esferas.

(Inédito)

[Sin título]

A solas, caminamos en los montes
de un cabo de la isla.
Hollando los senderos,
cruzamos los umbrales invisibles
de un reino solitario.
Sobre laderas frescas de sereno,
donde la grama nace,
cogemos manzanillas y lavandas.
Ungiendo tu melena de su aroma,
te corono de ramas delicadas.

Caminas a mi lado,
como un signo celeste.
Quemándonos unidos
en una sola llama transparente,
cerramos nuestros labios.
Decimos con miradas
lo que jamás diríamos hablando.
Las palabras apenas insinúan
la convulsión interna que nos mueve,
la fuerza irresistible que nos une.

Fundidos con el sol de la mañana,
bebemos, respiramos la belleza.
Convertidos en ánforas vivientes
donde madura un vino misterioso,
rozamos con las yemas de los dedos
el aire de las cumbres.

(Inédito)

Además del amor humano, cabe hablar aquí de otra clase de amor: el divino, que hunde sus raíces en el sentimiento religioso inherente a la naturaleza humana. Sin embargo, el amor divino no se halla exento de dudas e incertidumbres. Se trata de un amor a menudo conflictivo, ensombrecido por la sospecha de que la criatura humana se encuentra en una situación de orfandad cósmica, absolutamente sola y desamparada en el universo, ya sea porque la divinidad no exista o porque no escuche los ruegos y llamadas del hombre. Así lo refleja Dámaso Alonso en su libro Duda y amor sobre el Ser Supremo, cuando escribe, a modo de plegaria: Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo. Para el sujeto poético, Cristo se convertirá en la viva encarnación de este amor. Y el poeta admirará siempre su deseo de redimir a la estirpe humana, aun cuando Jesús no tuviera un ápice de naturaleza divina y su sacrificio hubiera resultado innecesario, como el de cualquier condenado a muerte de su tiempo. Como dice el Soneto a Cristo crucificado, en uno de los momentos cumbre de la lírica del Siglo de Oro: Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera / que aunque no hubiera cielo, yo te amara, / y aunque no hubiera infierno, te temiera. El poema que voy a leer a continuación refleja la problemática del amor divino, pero también la admiración sincera hacia la figura del redentor.

Meditación sobre Cristo muerto

Ahora que los dos estamos solos,
en la tibia penumbra de la iglesia,
bajo las altas naves, yo quisiera
confesarte mi duelo.
Abro los ojos, miro con angustia
los dolores del mundo y me parece
que estuvieras ausente de los hombres,
que el mundo sólo fuera
la oquedad insondable de tu ausencia.
Sin embargo, muriendo tú consumas,
pálido, frío, yerto, silencioso,
la diáfana misión de la esperanza.
Y tu blanco silencio de difunto
nos advierte que sigues con los hombres.

Danos los dones esenciales. Danos
candiles a los ciegos en la noche.
Danos el agua a los sedientos. Danos
una sola esperanza duradera
a los desesperados de este mundo,
que lloramos de sed, ceguera y hambre.
Ninguna vía, salvo tú, nos queda.

(Inédito)

Sonidos y palabras

Desde la Antigüedad se viene afirmando que música y poesía se encuentran ligadas por una estrecha afinidad. Por un lado, ambas son artes del tiempo; como dice Etiénne Souriau en su Diccionario de estéticala obra literaria, como la obra musical o coreográfica, se desarrolla en actos, en una dimensión de sucesión. Tanto en un poema como en una pieza musical, los elementos de la obra aparecen de forma sucesiva, nunca simultánea. Por otro lado, desde un punto de vista histórico, la poesía nace estrechamente ligada al canto, ya sea como poesía coral, expresando los sentimientos de una comunidad humana, o como poesía lírica, revelando las emociones y estados anímicos de un individuo concreto. Pero, si se llega un poco más lejos, se descubre una relación más profunda entre ambas artes: su finalidad es la misma. Tanto música como poesía, superando los límites del discurso racional, exploran zonas de la realidad que permanecen ignotas para la mayoría de los hombres, de manera que el creador, tanto en el caso del músico como en el del poeta, deviene un mensajero de lo desconocido. Por ello, Beethoven dirá en una conversación con Bettina Brentano, hija del poeta Clemens Brentano y amante de Goethe: la música es una revelación más elevada que toda sabiduría y filosofía; ella es el vino que entusiasma e inspira nuevas creaciones y yo soy el Baco que prepara para los hombres este exquisito vino y les embriaga el espíritu. He aquí, pues, el parentesco entre el discurso poético y el discurso sonoro.

Dentro de la nómina de creadores que han conformado la historia de la música, siento una profunda admiración hacia la figura de Johann Sebastian Bach, que no solo me ofrece un ideal estético, con una música donde la perfección formal y la intensidad emotiva se concilian de modo insuperable, sino también un modelo ético, con una vida sencilla y enteramente consagrada a su tarea creadora. Por ello quise imaginar en un soneto cómo podría haber sido la vida cotidiana del Kantor de Leipzig, quien alternaba el trabajo de compositor con el cuidado de su familia:

La vida cotidiana

Te empiezo a imaginar; tu grave mano
descansa en la callada partitura.
Alzas la pluma; escribes con soltura;
atiendes el trabajo cotidiano.

Mira de Dios el pensamiento humano
en tus acordes la profunda altura;
la música, milagro de hermosura,
eleva un edificio soberano.

Oyes la voz canora de tu esposa,
alondra del nacer de esta mañana;
tus hijos vienen, juventud gozosa.

Abril, con su canción verde y lozana,
ha abierto, delicado, aquella rosa
en el marco de luz de la ventana.

En el romanticismo, la música se convierte en un arte autónomo y alcanza grados de libertad creativa de los que jamás había disfrutado hasta entonces. Esa libertad conducirá a los compositores hacia una subjetividad ilimitada, impulsándolos a desarrollar nuevas formas musicales para traducir las emociones en sonidos. Frédéric Chopin será uno de los que llegarán más lejos en esta exploración de la subjetividad, con una música donde el virtuosismo se conjuga con una sensibilidad intimista. Por ello le dedico un poema titulado Tristeza, como uno de sus más famosos estudios para piano:

Tristeza

Una tristeza débil,
con su aroma de mórbidas adelfas,
emerge en oleadas invisibles
de un piano que se esfuma en lontananza.
Tus manos aligeran
con tanta suavidad el desaliento
que lo vuelven en plácido remanso,
en soleada casa.
En aguas de la música naufraga
tu corazón cansado,
sumergiéndose en débiles murmullos.

Chopin, leal amigo de las nubes,
corazón deseoso de belleza,
mientras el alba surja
no verás tus latidos inmortales
hundirse en el silencio.
Habitarás la música desnuda,
el arroyo invisible de las notas,
mientras el agua inunda tus oídos
y lava tus cabellos.
Volarán tus ingrávidas pupilas,
como las hojas muertas,
y danzarán tus manos en el viento,
como dioses alados.

Pero también atrae mi atención la música del siglo XX, con su deseo de ruptura con la tradición y el hallazgo de nuevas técnicas y lenguajes que se incorporan al discurso sonoro. Ese interés se refleja en dos poemas, Loa a la inmortalidad de Jesús y El árbol de la lluvia. El primero recibe su nombre del movimiento final del Cuarteto para el fin de los tiempos, obra creada por el compositor francés Olivier Messiaen; el segundo, de una pieza del japonés Toru Takemitsu, que combinó en su obra las influencias de la música occidental de vanguardia y la música tradicional de su país. Con estos dos poemas quiero finalizar mi intervención en el marco de este ciclo de lecturas poéticas.

Loa a la inmortalidad de Jesús

(Homenaje a Messiaen)

Por la vía del aire,
el hombre sube a Dios, enamorado.
Una sed vertical de inmensidades
lo conduce al final de su andadura,
a la culminación de su destino.

Un violín insinúa
la belleza inefable del regreso,
la unión de la criatura
con el dios misterioso
que la formó del barro.
Las líneas del canto van subiendo.
El hilo de la música se tensa,
sonando más agudo.
Una alondra intangible,
hecha sólo de ingrávido sonido,
levanta ya su vuelo.

El final de la historia
será la unión amante,
la reconciliación definitiva
del padre con el hijo.
El final de la historia
será la más hermosa de las albas,
cuando los ojos trémulos del hombre
miren a Dios de frente, recobrando
su inocencia perdida.
El hombre y Dios, unidos,
abolirán del todo las tinieblas,
y todos los dolores de la historia
serán desagraviados.

En la cima del aire,
Dios y el hombre se funden
en abrazo infinito. Muere el tiempo.
La eternidad, abierta, ya florece.

El árbol de la lluvia

(Homenaje a Toru Takemitsu)

Bajo la noche calma,
en el dormido corazón del bosque,
un árbol continúa destilando
la lluvia de la tarde.

Entre sus breves hojas,
quedaron detenidas
las gotas de esa lluvia,
que ahora se derraman,
una tras una, lentas.
Las alturas del aire
comunican al suelo su belleza.
El agua reconcilia
dos mundos disonantes,
dos espacios inversos.
Su caída responde, mansamente,
las mudas oraciones que balbucen
los árboles del bosque.

Árbol de lluvia, dime
qué sigilos escondes en tu fronda.
Me basta que derrames
una gota de lluvia
sobre mis labios secos,
para que me confíes
los signos del idioma transparente
–el idioma del agua–
que duerme en tu silencio.

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