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lunes, 6 de diciembre de 2010

La enfermedad de la ópera

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El director de orquesta René Jacobs, en unas declaraciones a la prensa, afirma que el mundo de la ópera está enfermo. ¿Acaso la ópera, que algunos venerábamos como un refugio de la belleza artística en estado puro, está degenerando? ¿Cuál es la causa de esta degeneración, si de veras se está produciendo? Jacobs considera que los directores de escena contemporáneos se han convertido en las nuevas estrellas de la ópera, haciendo normas de sus caprichos y olvidando las necesidades de la partitura y el libreto por los motivos más baladíes. Y compara la situación de la actualidad con la que se vivía en la época de Rossini, cuando los cantantes famosos obligaban a los compositores a escribir sus obras pensando casi únicamente en su lucimiento vocal, y en la de Wagner, cuando los compositores decidían sobre casi todos los aspectos de la obra, incluidos la escenografía y el vestuario. Desde sus orígenes en el siglo XVII, la ópera ha sido el más claro ejemplo de obra de arte total, en la que se conjugan varias disciplinas artísticas con una finalidad común. En este sentido, la ópera (y, en consecuencia, todos los subgéneros dramáticos de la literatura) aventaja incluso al cine, dado que posee una cualidad de la que éste carece: la posibilidad de ser recreada, de ser creada de nuevo en cada ocasión. Cada función es única; cada interpretación de una misma obra le añade nuevos matices y significados; cada escenario, cada orquesta, cada cantante se diferencia en algo de los demás. En cambio, una película será siempre la misma en todas las ocasiones en que se proyecte, aunque los espectadores puedan hallarle diversos significados en cada ocasión. En la ópera, la obra de arte es recreada tanto desde el punto de vista objetivo como desde el subjetivo, tanto en su realización mediante el trabajo de los artistas como en las mentes de los espectadores; en el cine, sólo es recreada desde el segundo punto de vista, en las mentes de los espectadores. Las artes plásticas han influido notablemente en el desarrollo de la ópera, a través de la creación de decorados y vestuarios. Sin embargo, no podemos olvidar el papel decisivo que juegan la partitura y el libreto. En esa unión indisoluble de partitura y libreto, de sonido musical y signo lingüístico, residen los cimientos de la ópera, sin los que no podría hablarse de ésta. Y saltar con alegre descuido sobre las necesidades de la partitura y el libreto es una cabriola demasiado audaz, de la que en su mayoría los directores de escena salen malparados.

Por otro lado, no podemos olvidar la importancia que ha adquirido la vanidad personal en nuestro tiempo, un mal que inficiona todos los ámbitos de la sociedad y al que el mundo de la cultura no se sustrae. Hasta no hace demasiado tiempo, en el mundo operístico los directores de escena trabajaban en una zona de cierta penumbra, vigilando entre bastidores la buena marcha de la función y cediendo el protagonismo a los cantantes y a la orquesta. Sin embargo, la vanidad ha terminado perdiendo a muchos, de manera que ahora no les basta con ofrecer al público una escenografía y un vestuario de calidad, sino que ansían imprimir su sello personal a toda costa en los montajes teatrales donde intervienen, buscando la fascinación o el escándalo del público (o ambas cosas a la vez). Nada más legítimo que la voluntad de innovación en los aspectos visuales de la ópera (escenografía y vestuario), que en todo caso reflejan los gustos del director de escena, dado que dependen de su decisión personal. Sin embargo, cuando la voluntad de innovación se desvirtúa, buscando la originalidad aun a costa de caer en la estupidez o en el ridículo, o se convierte en una mera excusa para las demostraciones de vanidad, como sucede a menudo en nuestros días, la mediocridad sale a escena con sus mejores galas y sin el mínimo reparo se nos presentan ideas descabelladas, banales o insulsas como auténticas genialidades. Éstos son los síntomas de la enfermedad que aqueja a la ópera en nuestros días. Y tenemos un caso reciente de este mal en la función de Los maestros cantores de Nuremberg, la famosa ópera de Wagner, que se celebró en el Festival de Bayreuth de este año. En ella, Katharina Wagner, bisnieta del compositor, ejerció de directora de escena, transformando la obra de su bisabuelo en una burda mascarada. Así, los maestros cantores aparecían en calzoncillos y tocados con latas a modo de sombreros, y entre los figurantes se incluían varios personajes que representaban a los grandes hombres de la cultura germana (entre los que se hallaba el propio Wagner) como cabezudos que además llevaban enormes falos. Cabría preguntarse hasta qué punto son de recibo en una ópera wagneriana (y en cualquier ópera) estas humoradas tan fáciles como banales, que parecen idóneas para cualquier comedia barata de nuestros días. Una vez caído el telón, cuando la bisnieta saludó al público, éste le regaló un sonoro abucheo. Si su bisabuelo regresara al mundo de los vivos, seguramente no cabría en sí de indignación y espanto.

4 comentarios:

Mario Domínguez Parra dijo...

Amigo Ramiro,

Como en todo hay cosas buenas y malas. El ejemplo de Katharina Wagner lo conozco de oídas, no he visto el montaje.

Pero por otra parte hay dos ejemplos que creo pertinente citar: el montaje de "Lulú", de Alban Berg, en el Real (ópera que sí creo que se presta a nuevas interpretaciones audaces y hasta explícitas, como ésta, porque ya la obra de Frank Wedekind en la que se basó Berg para escribir el libreto era muy audaz), y "Katia Kabanova", de Leos Janacek (donde los directores Robert Carsen y Patrick Kinmonth llenan el escenario casi por completo de agua).

Los montajes teatrales de La Fura dels Baus son, en mi opinión, interesantísimos y creo que en el campo de la ópera su creatividad otorga un plus al texto y a la música.

Además, una ópera como "El gran macabro" de Giorgy Ligeti ya desde su concepción se presta a montajes audaces.

Un abrazo

Freia dijo...

Yo creo que estamos viviendo un sarampión de ataques varios de egocentrismo. La ópera, como todo espectáculo no podia verse libre de ello.
De acuerdo con que la ópera es una creación multidisciplinar pero ante todo y sobre todo, es música. Música, música, música, incluso por encima del libret, aunque adquiera toda su maravillosa complejidad cuando se ejecuta finalmente sobre el escenario.
Pero vivimos una etapa en que se considera que para que algo guste, tiene que escandalizar. Que si no mueve a asombro, aunque este nos resulte poco agradable, y no es válido por esa misma razón. Y los tiros no van por ahí.
Estoy de acuerdo contigo. Hay montajes excelentes (hablo por DVDs, que hace tiempo que no veo una ópera en directo) aunque sean rompedores y novedosos e incluso trasladados de época, lo que confirma la atemporalidad de los arquetipos operísticos. Pero los hay realizados a mayor gloria del director de escena. Y cuánto más ponga éste a las sopranos a hacer el pino o subidas a una resbaladiza pasarela, parece que ya con eso su calidad es indiscutible.

Sufrimos tiempos de mediocridad y papanatismo... en la música, el cine, el teatro, la ópera... la vida.

Un abrazo, Ramiro. Una vez más has puesto el dedo en la llaga.

Javier de Navascués dijo...

No soy un auténtico aficionado a la ópera, pero hace unos meses estuve en Münster, Alemania, asistiendo a un estreno de Parsifal. EL castillo se había convertido en una especie de muro de las lamentaciones con grafitti en alfabetos latino, hebreo y árabe; el símbolo del Santo Grial, en un anuncio de Gucci; la armadura de Parsifal, en una chaqueta descosida... En fin, la adaptación al relativismo posmoderno desfiguraba completamente el sentido de la obra, lo cual es grave porque sustituía los símbolos cristianos y wagnerianos en una parodia insulsa, incapaz de emocionar.

Ramiro Rosón dijo...

Mario:

Quizá los lenguajes musicales de Berg, de Janacek y de Ligeti se presten más a la innovación en la escenografía y el vestuario de la ópera, ya que los tres son vanguardistas. De todas formas, creo que se pueden renovar los aspectos visuales de toda ópera, pero se necesita un mínimo de sensibilidad y conocimiento de su significado original. En cuanto a los montajes teatrales de La Fura dels Baus, hace algunos años vino a Tenerife uno basado en “La metamorfosis” de Kafka, que me pareció muy interesante. Recuerdo que el personaje de Gregorio Samsa se encerraba en una cámara de cristal y acero. La iluminación, la música y las proyecciones de imágenes sobre el escenario inspiraban una sensación de inquietud a lo largo de toda la obra, hasta que se producía el desenlace con la muerte de Gregorio Samsa, convertido en insecto. En suplementos culturales, he leído artículos sobre los montajes operísticos de La Fura dels Baus, pero hasta ahora no he tenido la oportunidad de ver ninguno.

Un abrazo.

Freia:

“Un sarampión de ataques varios de egocentrismo”… No podrías haber definido mejor la situación actual, pues sin duda se parece a una epidemia que se va contagiando de unos ámbitos a otros de la sociedad. El uso sistemático de la provocación en las artes proviene de las vanguardias históricas del siglo pasado. En las vanguardias históricas, la provocación tenía una razón de ser, un contenido que la justificaba. Sin embargo, parece que en la actualidad se recurre cada vez más a la provocación gratuita. Confiemos en que llegarán tiempos mejores, pues la historia es un movimiento incesante y la situación actual deberá cambiar en algún momento.

Un abrazo.

Javier:

En general, estoy de acuerdo contigo. Desgraciadamente, algunos directores de escena ya no pretenden conservar el significado original de la obra bajo unas formas novedosas, que en mi opinión sería lo deseable, sino desembarazarse de aquél, como si fuera un lastre, e imponer de manera forzada un nuevo significado a la obra. Si bien la ópera es recreada en cada función, el director de escena se extralimita en estos casos, usurpando las funciones del compositor, que en su día creó la obra con un significado preciso. Y de ahí procede la vanidad del director de escena, la vanidad de creerse más grande que el compositor. Lo más grave y penoso es que en la función de “Parsifal” a la que acudiste cambiaran el Santo Grial por un anuncio de moda, ignorando la importancia de lo sagrado en la ópera wagneriana. Creo que ese gesto revela cuál es el dios de nuestra época: el consumismo. Cabría pensar que el director de escena estaba satirizando el consumismo, pero ni siquiera este motivo le serviría para justificarse, ya que “Parsifal” es de todo menos una ópera bufa.

Un abrazo.

Disculpad los tres mi tardanza en contestaros, pero estos últimos días he estado muy ocupado por motivos de estudios y quería contestaros como es debido.