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domingo, 2 de mayo de 2010

Notas

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Domingo por la tarde. Llueve y a la vez asoman ráfagas de sol entre las nubes. La ciudad ha quedado envuelta en velos de agua luminosa. Las pesadas siluetas de los edificios se difuminan por obra y gracia de la luz y el agua. Las gotas de lluvia cuelgan de las hojas de los árboles y los hilos del tranvía, enjoyándolos con rosarios de líquidos diamantes. Bajo la lluvia, todas las cosas se recrean, cobrando una apariencia diferente, revelando a mis ojos dimensiones de sí mismas que hasta ahora ignoraba.

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Desde la universidad, en la tarde nublada, miré las montañas verdes, húmedas, cubiertas de yerba germinada con las recientes lluvias. Las nubes y el sol dibujaban en sus agudas crestas un hermoso juego de luces y sombras. Una oleada de paz, como un bálsamo fresco, serenó mi corazón atribulado. Por unos breves momentos, comulgué con el espíritu de la vida. Un soplo de brisa me infundió una alegría prístina, insondable, inmaculada, la misma que surge del fondo de la naturaleza como una música espontánea.

* * *

Desde algún punto de La Laguna, observo una vista general de Santa Cruz. Algunas avenidas bordeadas de viejos y grandes laureles de Indias, a cuya sombra suelo dar paseos, apaciblemente distraído. La torre de la iglesia de la Concepción, como una dama blanca y negra. El auditorio de Calatrava, a lo lejos, como un sueño blanco. El trasiego de barcos y contenedores del puerto. El resto, una masa de repulsivos edificios de pisos. El mar es una planicie de agua, sobre la que me gustaría caminar descalzo. Los montes de Anaga aparecen envueltos en la bruma, como otro mundo, tan cerca y tan lejos de la ciudad, creado por las manos de un dios para las ensoñaciones de los paseantes solitarios. Una fortaleza de roca que guarda un bosque sagrado, donde las dríades, celosamente ocultas a las miradas de los hombres, asoman sus cabezas entre las ramas cubiertas de musgo de los tilos; donde los faunos juegan al escondite en los brezales; donde se escuchan las voces de las sílfides, que surgen de los cauces de los barrancos y ascienden hasta las cumbres más altas. Cuánto quisiera, en este momento, adentrarme en esos montes; tenderme en un claro de bosque, rodeado de las delicadísimas flores que allí despuntan; tener a los canarios silvestres como sola compañía.

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Leo, a ratos, las Lecciones sobre la estética de Hegel. Acercarse a esta obra del idealismo alemán es como adentrarse en una catedral inmensa, en la que uno admira la belleza y la coherencia del conjunto y a la vez se detiene en saborear los detalles con los ojos. Con vocación de formar un grandioso sistema filosófico, estas lecciones analizan la evolución de las artes desde la Antigüedad hasta los comienzos del siglo diecinueve, momento en que las concibió Hegel. Pese a su densidad y a la paciencia que demanda su lectura, siempre regalan al lector un pasaje afortunado, una reflexión certera, una frase aguda que deja en la mente una impresión agradable y compensa el esfuerzo que su lectura conlleva. Por ejemplo, en el capítulo dedicado al arte clásico, Hegel diserta sobre la calma jovial, es decir, la sensación de serenidad y alegría que transmiten las esculturas griegas; en el dedicado al arte que denomina romántico, es decir, el de inspiración cristiana, hace alusión a los pilluelos de los cuadros de Murillo y las madonas de Rafael; enumera las características de las representaciones de la Pasión de Cristo... Y en todo momento su pensamiento resuena con la misma profundidad, ya que recibe su energía del espíritu, de la inmortal idea de lo bello, que se manifiesta como una bocanada de brisa fresca en el reino de las artes.

4 comentarios:

ana dijo...

Equilibrio en tus notas; serenidad en tu palabra. Como un claro del bosque, así brilla.

Saludos.

Freia dijo...

Querido Ramiro:

Disculpa el tiempo pasado sin visitarte. Necesitaba de una cierta calma que no encontraba en ningún sitio y andaba un tanto dispersa.

He leído tus notas y he sentido una profunda nostalgia de la naturaleza.
Pero todas, incluso la última forman un todo único. Tienen un hilo que las va enlazando con delicadeza: la serenidad y la belleza. Sea la purificación a través del agua, la luz, el aire, el sol, el verde, la tierra más profunda e íntima o la lectura reposada de Hegel, de todas y cada una de tus imágenes se desprende una búsqueda del sosiego y la calma, en medio de la tribulación y la ansiedad.
Es hermoso y reconcilizador tu texto.

Un placer poder volver por aquí.
Un abrazo, Ramiro.

Ramiro Rosón dijo...

Ana:

Me alegro de que estas humildes notas, escritas de manera improvisada, te hayan parecido serenas y luminosas. Como poeta, uno siempre busca la luz a ciegas, sin saber dónde se halla, pero no cesa jamás en su búsqueda. Creo que en esa búsqueda de luz reside el sentido de la poesía.

Un abrazo.

Ramiro Rosón dijo...

Freia:

No tienes nada de que disculparte. Yo también ando muy ajetreado y no hallo ni el tiempo ni la calma suficientes para sentarme a escribir o para leer otros blogs.

La visión de la naturaleza, sin duda, purifica los sentidos. Al menos oído y vista se renuevan ante un paisaje. Por otro lado, sin duda, la lectura de Hegel purifica la mente, sobre todo porque fue uno de los más grandes idealistas, un pensador centrado en el espíritu y las ideas. En las “Lecciones sobre la estética”, Hegel utiliza una prosa de tono profundo, rico y elevado, que le sirve para expresar magistralmente las variaciones que sufre la idea de lo bello a través de la historia del arte y llevar a cabo un análisis de las artes particulares (arquitectura, escultura, pintura, música y poesía).

Me alegro de que hayas vuelto por aquí. Un abrazo.