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lunes, 7 de septiembre de 2009

Treno por las víctimas de Hiroshima

Treno por las víctimas de Hiroshima, de Krysztof Penderecki. Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional de Polonia, dirigida por el propio Penderecki.

Ahora que se han cumplido, recientemente, setenta años de la invasión de Polonia por los soldados alemanes, el hecho que inició la Segunda Guerra Mundial, a uno le viene a la memoria el “Treno por las víctimas de Hiroshima”, obra del compositor polaco Krysztof Penderecki, escrita para cincuenta y dos instrumentos de cuerda. Pese a su condición de obra instrumental, es un verdadero treno, un canto fúnebre, una lamentación elegiaca, como las lamentaciones de Jeremías sobre la Jerusalén destruida. Durante los casi diez minutos que dura esta obra, que puede durar un poco más o menos según las versiones, uno escucha el vértigo de la desesperación, la ruina, la muerte. Sirenas y voces angustiosas atraviesan un aire oscuro. La imaginación se figura el humo del bombardeo, cargado de radiaciones, los incendios, las calles desiertas, los cadáveres fríos y silentes, las manos caídas, los ojos abiertos que ya no verán el sol de nuevo, el imperio terrible de la desolación absoluta. Casas, tiendas, bancos e iglesias devastados, reducidos a polvo en efímeros segundos. Las disonancias turban el ánimo, que se siente zarandeado por un río de sonidos ubicuos, extraños, abrumadores. En algunos momentos, los músicos arañan rabiosamente las cuerdas de sus violines, superponiendo sonidos agudos, desgarradores gemidos cuya intensidad amortiguan los escombros. En otros momentos, los sonidos graves sugieren el paso de los aviones.

Los oyentes más sensibles se sienten nerviosos al escuchar esta música; se imaginan caminando por el escenario del bombardeo; quisieran levantarse de los asientos que ocupan en la sala de conciertos y correr, desesperados, hacia donde la furia de los sonidos no los torturase. Los menos sensibles también se sienten nerviosos, pero la música les resulta enojosa, como el ruido de un taladro que estuviese horadando un muro, y se esfuerzan en abstraerse de la sala de conciertos. Mas, para todos los oyentes, los casi diez minutos se convierten en una eternidad, una eternidad vacía de sentido, semejante al infierno. Y todos nos hacemos las eternas preguntas: ¿por qué somos así?; ¿de qué manantiales oscuros nace la crueldad?; ¿por qué, a menudo, somos tan indiferentes al horror? Entonces, estremecidos, advertimos que, a lo largo de la historia, la mayoría de las patrias y banderas han sido coartadas de asesinos, artificios minuciosamente elaborados para la justificación de todos los horrores. Y al fin, cuando el treno cesa y los cincuenta y dos instrumentos guardan silencio, entendemos la necesidad de escuchar esta música, aunque su lamento nos duela, como un antídoto para el veneno de la inconsciencia, como un purgatorio sonoro de nuestras sombras internas.

8 comentarios:

Alicia dijo...

No solo "la mayoría de las patrias y las banderas han sido coartadas de asesinos", sino también la mayoría de las religiones, y en especial el cristianismo, cuyo símbolo máximo, Cristo crucificado, se exalta poéticamente en este mismo blog. No olvidemos que, según Schopenhauer, la Iglesia Católica ha sido la institución que más sangre ha derramado a lo largo de la historia. Aterrador, ¿no es cierto? Es importante ser crítico incluso con uno mismo, con la propia fe, amigo Ramiro.

ana dijo...

... correr, desesperados, hacia donde la furia de los sonidos no los torturase.

Sí, ellos también hubieran querido poder correr. Hoy es 11-S, y este sonido se vuelve a hacer especialmente desesperado.

Recuerdo y silencio por todos aquellos desconocidos que no pudieron echar a correr, y por todos los habidos a lo largo de tantos 11-S que hemos dejado en el olvido.

fandestéphane dijo...

Hoy 11 S los catalanes celebramos
una derrota. Y commemoramos la voluntad colectiva de un país, que a pesar de la derrota y las pérdidas de las libertades supo rehacerse.
Y también tenemos un recuerdo y un silencio para los 6000 catalanes que se tuvieron que exiliar en 1714
y para los que no echaron a correr
(o no pudieron) y fueron sometidos por las tropas de Felipe IV.

Nosotros no dejamos en el olvido áquel 11 S

Saludos

MARIEL dijo...

Estremecida por el treno y por tus palabras exactas, bellas y furibundas (el "imperio terrible de la desolación", "patrias y banderas, coartadas de asesinos", "la música como antídoto para el veneno de la inconsciencia, un purgatorio sonoro de las sombras internas"). He visto tus palabras proyectadas como imágenes. Me han dolido y es un dolor necesario, para no extraviarse. Uno de los mejores momentos de mi vida fue frente al mar de Tenerife, en tus islas, viendo una fiesta de fuegos artificiales deshacerse contra el cielo nocturno, hace muchos años. Un abrazo.

Ramiro Rosón dijo...

Alicia:

Estás tomando el rábano por las hojas. Caes en el error, desgraciadamente muy habitual, de confundir la fe con el fanatismo. No porque algunos tengamos fe nos dedicamos a perseguir herejes. Yo soy el primero al que le duelen los asesinatos cometidos y la sangre derramada en nombre de las religiones. Pero no voy a renunciar a lo que amo por la locura de algunos que si de veras hubiesen tenido fe, jamás habrían molestado a nadie. Por otro lado, los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, que es el asunto con el que se relaciona esta entrada, fueron obra de Estados, no de confesiones religiosas. Y deberías recordar que a menudo las guerras de religión han servido de tapadera a intereses políticos y económicos. Demasiado ingenuo sería pensar que el fanatismo es la sola causa de todas las guerras de esta clase.

Parece que a algunos les irrita demasiado un mero soneto sacro y hacen una montaña de un grano de arena. El Cristo al que yo escribo es un Dios de paz, al que se descubre en la intimidad de la oración, no el Señor de los ejércitos en que algunos han querido convertirlo en nombre de intereses ajenos a la fe. Queda zanjada la cuestión. Escribo sobre los temas que me interesan y de la forma que quiero. No necesito indicaciones. Y no pienso entrar en polémicas que se desvían de los temas de mis escritos y no vienen al caso, ni en cualesquiera otras que pudieran surgir en el futuro. Éste es un blog literario, no un espacio abierto a los enfrentamientos verbales.

Ramiro Rosón dijo...

Ana:

Yo también he recordado ese once de septiembre. Quizás, en el fondo, el “Treno por las víctimas de Hiroshima” no sólo es una lamentación por las víctimas de la bomba atómica, sino también por todas las víctimas de la historia, por todos los inmolados por la crueldad humana. Y quizás nosotros, por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, tengamos el deber moral de recordar los crímenes de la historia, o, al menos, los del pasado reciente, por más que nos duelan. Duro pero necesario deber. Los errores del pasado nos sirven de lección y aviso. No podemos vivir en un estado de permanente duelo, ya que nuestra condición, demasiado frágil, no lo resistiría, mas tampoco en uno de permanente olvido, ya que siempre tendemos a caer en los mismos errores. Cuando uno piensa en estas cosas, no puede menos que desasosegarse y estremecerse. En fin, sólo nos queda el consuelo de la esperanza.

Gracias por tu comentario. Has entendido el verdadero mensaje de este texto.

Ramiro Rosón dijo...

Fandestéphane:

No me acordaba de que el once de septiembre se celebra el día de Cataluña. Todos los pueblos tienen su once de septiembre. Y todos, de una forma u otra, lo conmemoran con igual sentimiento. Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero jamás deberíamos olvidar la historia de los vencidos. Y como vencidos considero a todas las víctimas inocentes de la historia. Más allá de las banderías, en todo lugar y momento, esas víctimas merecen un recuerdo y un silencio, como bien dices.

Saludos.

Ramiro Rosón dijo...

Mariel:

A mí también me estremeció escuchar el “Treno por las víctimas de Hiroshima” por vez primera. La música de Penderecki, mediante el uso de las disonancias, consigue estremecernos. Sin duda, éste no es un texto agradable, pero me ha parecido necesario escribirlo. Como bien dices, el dolor que se siente evocando los horrores de la historia es necesario; el mismo que se siente, por ejemplo, al ver “El pianista”, la famosa película de Roman Polanski. Ese dolor nos salva de la insensibilidad y la amnesia colectiva. Por ello, se han conservado los campos de concentración del régimen nazi, cuando hubiera sido más agradable demolerlos.

P.S.: Me alegro de que hayas pasado uno de los mejores momentos de tu vida en Tenerife. ¿Los fuegos artificiales que nombras serían, tal vez, los de la fiesta de la Virgen del Carmen, que se lanzan al aire desde el puerto de Santa Cruz, o los de la noche de san Juan? Quién sabe... En Tenerife, hay bastantes a lo largo del año.

Muchas gracias por tu lectura. Un abrazo y bienvenida.