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martes, 8 de septiembre de 2009

Matinal


En medio de una senda,
sentí la voz sonora de unos dragos.
Sentí su dulce savia,
una abundante sangre
que fluye, rumorosa,
en la madera de sus troncos.
La suave luz de la mañana fresca
llenaba de hermosura
la mar, el aire, el monte. Y se me daban
a conocer, manando
de aquella soledad acogedora,
insondables arcanos de la vida.

10 comentarios:

marisa dijo...

Alma, paisaje, meditación.Todo eso encuentro fusionado en tu poema.Eres un gran poeta Ramiro. Disfruto mucho con tus textos.Un fuerte abrazo

Ramiro Rosón dijo...

Mil gracias, Marisa. El paisaje es objeto de meditación y lugar donde el alma regresa a la naturaleza. Me alegra mucho saber que disfrutas con lo que escribo.

Un fuerte abrazo. Vuelve por aquí cuando quieras.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hermoso poema. En Cádiz hay algunos dragos urbanos de mucha nombradía, y "Drago" es el nombre del centro educativo donde trabajo. Pero nunca he visto uno en su medio natural.

Ramiro Rosón dijo...

José Manuel, no sabía que en Cádiz se hubieran plantado dragos; yo pensaba que fuera de Canarias se verían más bien en los jardines botánicos, como curiosidades vegetales. En las islas, pueden verse generalmente aislados (es raro verlos en grupos) en las zonas de medianías o en las paredes de los barrancos, como este drago de Taganana (un pueblo de Tenerife) que aparece en la foto. Quizás usted haya oído hablar del drago de Icod; es el más grande y conocido de las islas y se le llama “drago milenario”, aunque se dice que ronda los cinco o seis siglos de edad.

Me alegro de que le haya gustado el poema. Saludos cordiales y bienvenido.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Hermoso poema. Me han entrado ganas de volver a tus islas.

Ramiro Rosón dijo...

Muchas gracias, Jesús. He intentado que resulte evocador y sugerente. Un abrazo.

fandestéphane dijo...

Dice la leyenda que cada drago es un dragón que al morir se convertía en ese árbol. No la conozco muy bien Ramiro, pero deduzco que puede ser así cuando nos hablas en tu poema de una abundante sangre que fluye de la madera de sus troncos.
Es un placer leerte y otro placer leer las respuestas a los comentarios. Gracias por el anterior.

Saludos

Ramiro Rosón dijo...

En cierto modo, los dragos, por sus hojas afiladas y su corteza rugosa, evocan el dragón que custodiaba las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides; ya sabemos que los antiguos identificaban las Hespérides con las islas Canarias. Podría decirse que son símbolos de una naturaleza primigenia, anterior a la llegada del hombre. La sangre de la que se habla en este poema es la savia de estos árboles, de tono rojo, que antiguamente se llamaba “sangre de drago”. Esta savia se usaba como tinte y se creía que guardaba propiedades medicinales. Hay una hermosa leyenda relacionada con la sangre de drago y el drago de Icod, al que aludí en uno de los comentarios anteriores. Cierto día, en los tiempos de la conquista de Canarias, un soldado castellano perseguía a una joven guanche (los guanches eran el pueblo que habitaba las islas antes de la conquista). La joven, fatigada, corrió a esconderse en las ramas del drago de Icod. El soldado arrojó una lanza hacia el árbol, y, cuando vio manar un líquido rojo, lo confundió con la sangre de la joven y creyó que ésta había muerto. Gracias a la savia del árbol, la joven salvó la vida.

Gracias a ti, Fandestéphane. Me alegro de que te gusten mis textos. Y recibir tus comentarios es un placer. Saludos.

Freia dijo...

¡Qué hermoso y qué serenidad para quien lleva tiempo buscándola y parece que por fin va recuperándola!.

Gracias por el regalo de su poema. Parece que, al leerlo, se sintiera la propia savia recorrer como antaño su camino.

Un saludo,

Ramiro Rosón dijo...

Gracias a ti, Freia, por tu comentario. Buscar la serenidad es una empresa díficil, pero necesaria. Me alegro de que este poema te haya hecho sentir bien.

Saludos cordiales.