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martes, 28 de julio de 2009

Indigente


Bajo un puente rugoso
de cemento desnudo,
un mendigo descansa,
vencido por su hastío.
El incansable tráfago de coches
y agobiados viandantes
resuena, escandaloso,
bajo los grises muros donde habita.

¿Quién gastará un efímero segundo,
lanzándole siquiera
una veloz mirada?
Se vuelven todos ciegos,
cuando ven la tragedia silenciosa
de un hombre abandonado.
Y dejan a los náufragos hundirse
en las mareas negras del olvido,
adormeciendo sus inertes almas.

Sólo un mísero perro,
más humano y piadoso que los hombres,
lame las secas manos del mendigo,
con su leal misericordia.
Él, sin duda, conoce
la soledad, el frío, las tinieblas.

Amargas enseñanzas
aprendo, silencioso,
del mendigo y el perro.
En mi alma, confluyen
todas las paradojas de la vida.

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